Bio

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Hondureña-peruana. Nací un 9 de julio en pleno invierno sudamericano, en medio de una Lima gris y lluviosa. Engendrada en las honduras del trópico centroamericano, pueda que desde entonces mi reloj interno marchara a un ritmo desacompasado. Creo que de allí viene mi primera desubicación; No reconozco los puntos cardinales y me es imposible leer un mapa. Escribo de noche y durante el día mi energía marcha a retazos, soy miope, bipolar y carezco de sentido del humor, entre otras cosas.

Tuve como muchas personas un padre ausente, otro violentísimo y una madre inclaudicable ante la vida. Pertenezco al movimiento feminista desde mi adolescencia. En el he encontrado el espacio necesario para la rebeldía y la fuerza, aún con los vientos en contra y las contradicciones internas. Desde allí me uno a las denuncias a los patriarcas y los misóginos, a las transnacionales, hidroeléctricas y concesionarios, a los políticos truculentos, a la policía y el ejército.  Debo decir que la paciencia y el silencio no son mis fuertes, como si lo son la rabia, la palabra y la esperanza.

Últimamente me he convertido en cronista de la vida cotidiana, pero me gusta escribir sobre amores, mujeres y sobre los espíritus que he visto desde pequeña. Estos últimos habitan mis días y las horas, así que los he adoptado en un mundo que los niega y por ello, soy bruja por elección, en un camino desde donde me construyo diariamente detrás de una sabiduría que no siempre alcanzo.

Me encanta el café, las buenas pláticas y leer libros de manera incansable. Voy al mar cuando me encuentro triste y a los ríos para encontrar la alegría. Tengo una gata, un compañero de vida, dos niños, una nana y un estudio que todavía no puedo cerrar porque se encuentra sin puerta.

Retomo el apellido de mi abuela para escribir: Isla, porque fue la que me enseñó las lecciones de amor incondicional, las mismas que trato de enseñarles a Ambar y Rimay mientras vemos películas de miedo y nos morimos del susto, en un afán de convertirlos en acechadores. Para los ensueños vemos las películas de Hayao Miyazaky.

Todavía trabajo con mis manos intentando memorizar sus líneas antes de dormir. Dicen que si las puedes recordar en tus sueños, puede cambiar la realidad cuando despiertas. Espero poder hacerlo algún día y despertar en otra realidad: una donde las risas y las voces ausentes te estén esperando como si no hubieran sido arrebatadas de golpe, una donde la justicia acampe de manera permanente, una donde caminar por las calles no sea un lujo, si no parte de la cotidianidad.

Mientras espero sigo amando, tomando café e intentando escribir con este cuerpo que tiene la dicha de contar con todos sus sentidos alterados.