Desobediencia (Primera parte)

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Casi nunca salgo a reuniones, pero esta vez la llamada de las escritoras me convence y me aventuro a la noche en su búsqueda. Llego y encuentro en una casa pequeña y acogedora a una María Eugenia feliz, preparada para el encuentro que merecidamente la acogerá, a una Sunny siempre combativa y maravillosamente cínica, a una Evelyn risueña mientras asa carne en una pequeña parrilla para alimentarnos a todas y a una Carol que escucha y opina de vez en cuando.

En ese espacio seguro me siento llena de luz hablando de novelas que algún día saldrán, de lo poco que las buenas escritoras se atreven a publicar, de premios y jurados, de universidades y becas, de los misóginos de izquierda y algunos de derecha. Platicamos, como no, de las desobediencias, esas explícitas y las sutiles, esas que nos hicieron no querer volver a cocinar o a lavar trastes, esas que nos hicieron correr o declararnos a un amor, esas que nos costaron golpes, lágrimas y una que otra sonrisa. La desobediencia que llevamos en el cuerpo y en sus cicatrices, que nos la recuerdan. Esa que nos hace rehusarnos a entrar en las ligas de las competencias literarias, organizativas, académicas y ponernos un listón de premio ganado o de presencia mediática más fuerte. Escribimos y luchamos en buena medida por placer y esa es una de nuestras mayores desobediencias.

Río y siento que la vida es buena. Eso hasta que me llega un mensaje, desconectada de las noticias por ser sábado, preguntándome si sé de las compañeras detenidas en horas de la tarde por negarse a pagar el peaje en la última parada antes de llegar a Tegucigalpa. Contesto que no y en seguida la noche se hace menos luminosa mientras llamo a uno de los compañeros abogados que está luchando por soltarlas, otra llamada a las autoridades competentes y solo me informan que están retenidas y parece que no las van a soltar. Me despido y salgo a la posta policial donde las tienen detenidas y solicito entrar como integrante del mecanismo de protección a defensores y defensoras. Me niegan la entrada por no andar un carnet que me identifique, porque hay muchos abogados dentro y porque en resumen, estoy armando mucho alboroto. Pregunto porque están detenidas, al menos eso, cuando se detiene a alguien se le informa a las personas el motivo de su arresto.  El compañero abogado me dice que no se sabe, que nadie sabe y mientras me quedo allí, el sale rápido a seguir con la diligencia de liberación, mientras anuncian que la fiscal de Derechos Humanos ha llegado y existe una fuerte posibilidad de que sean liberadas.

Me sumo al conjunto de gente que espera afuera, pendiente de una resolución y conversamos con Pedro, uno de los detenidos y liberados, quien nos informa que el delito del que se acusa a Karla Lara y a Sandra Maribel Sánchez, es desobediencia. Desobediencia a la autoridad, desobediencia por no negarse a pagar el peaje. ¿Desde cuando eso es un delito? Pregunto, aunque lo sé muy bien. Y allí empieza una narración corta de lo que sucedió, de cómo se negaron a pagar y luego de rehusarse a moverse, un policía y su equipo les capturó entre golpes, empujones y casi arrastrados. Desobediencia a la autoridad, desobediencia a los amos de las carreteras. Pienso en porque retienen a las mujeres, a las que según informes han golpeado y me respondo: se supone más débiles, sin armas, a las que tienen que poner en su lugar. Todo un ejercicio de valentía. También me digo, son las más radicales, las más resueltas, las más valientes. Las más desobedientes.

Hoy domingo recibo noticias de Nicaragua donde el joven Pedro Pizarro es agredido por la policía en el marco de las elecciones por preguntar a una representante del Comité Electoral porque manoseaba a su madre, en un intento por quitarle el celular. Se me oprime algún lugar del cuerpo que no alcanzo a definir porque conozco a Pedro desde niño, por temporadas. Recuerdo sus bailes escandalosos, sus cuestionamientos a otras feministas, su risa amplia y sincera. Las imágenes me muestran a la policía agarrándolo por el cuello, tirándolo al suelo. Llegan once agentes para un chico desarmado y me viene a la memoria mis hermanos golpeados hasta quebrarles los huesos por un número similar de policías. Que peligro, me digo, la protesta pacífica. Pienso que atrás quedaron los tiempos donde las fuerzas policiales y el ejército centroamericano enfrentaban luchas armadas. Ahora se dedican a golpear y apresar a gente desarmada, más si son jóvenes o mujeres. Menudo cambio para la paz.

Y todo se resume en un simple delito: Desobediencia. Personal y colectiva. A los dueños de los partidos, a los de las carreteras, a las transnacionales, a las hidroeléctricas, a los que se creen amos de la tierra y la matria centroamericana.

Pienso en la desobediencia que ha acompañado mi vida. Rotunda, fuerte y plana, incluso para nacer. Siempre desde la esquina contraria cuando sea necesario, sea esta la propia o la ajena. Desobediente: con mi familia, con mis compañeros de movimiento estudiantil y social, con las amigas, con mi propia vida. Desobediente, como mi madre que se negó a seguir la vida tradicional de una mujer sumisa, como mi abuelo que se negó a plegarse a intereses sobre los que transaría su dignidad o como el tatarabuelo que decidió quitarse la vida por mano propia sin ninguna explicación. Como mi bisabuela lavandera y acusada de libertina. Como la Gladys que se negó a pagarle un solo peso al Estado por una condena no merecida, muriendo con ella.

Desobediencia y locura, las musas no nombradas que aseguran van de la mano, porque nadie en su sano juicio podría desobedecer a la autoridad por muy corrupta, impune o abusadora que sea esa autoridad. Es como vivir en la Matrix.

Así que no dudo de las buenas peleas que nos aguardan, la más cercana, la de la re-elección nacional antes de que se convierta en costumbre que es otra forma de decir ley en nuestros países centroamericanos. Las preguntas que quedan, esas obligadas, bien podrían ser: ¿Serás lo suficientemente desobediente?, ¿Amarás la desobediencia tanto como a ti misma?¿Tendrás la fuerza para seguir resistiendo?.

Sin duda el tiempo, eterno desobediente a nuestros deseos, lo dirá.

Jessica Isla

6 de noviembre de 2016

 

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Una respuesta a Desobediencia (Primera parte)

  1. Carlitos dijo:

    Rebelde por siempre amiga…,
    Así debe ser y estoy contigo y con tu rebeldía…

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