PARA UNA MEMORIA “PÚBLICA” DE LA VIOLENCIA SEXUAL “PRIVADA”- Mi historia

Por Fiore Stella Bran

Hoy finalmente he logrado sentarme a platicar con mi rabia, la rabia y el dolor que cargo desde el viernes 07 de julio, un día pesado, el día en que una amiga hizo pública su denuncia a un violador, el día en que me enteré por otras amigas de Chontales que un sacerdote y su hermano violaron a dos niñas a quienes conocí cuando tenía 15 años y era profesora voluntaria en esa comunidad; yo chineaba a la bebé que ahora tiene 6 años, recuerdo que entonces ella tenía unos 6 meses, ahí también conocí al violador, y les juro, como dijo la Alejandra De Franco, que no tenía entonces la cara de un violador, porque no existe estereotipo que pueda englobar la realidad del abuso sexual que acecha a niños, niñas, mujeres, sobre todo en el espacio que debería ser más seguro: la casa.

Comparto mi inquietud respecto a una pregunta planteada por Abbie Fields en una ponencia que presentó recientemente: “¿Es posible construir una memoria “pública” de la violencia sexual “privada”? Si bien, no tengo una respuesta teórica, sí la tengo desde mi vivencia como sobreviviente de abuso sexual a quien le tocó guardar silencio por mucho tiempo para soportar, para sobrevivir. Pasaron los años, muchos años, y ahora no queda más evidencia que las secuelas en mi cuerpo; tampoco pude denunciar porque resulta que según las leyes de mi país, mi caso ya prescribió, como si el llegar a la mayoría de edad borrara automáticamente mi memoria, mi palabra ya no cuenta -¿Alguna vez ha contado?-. El problema es que yo no tengo esa amnesia maravillosa que tiene el Estado.

Entonces mi cuerpo es mi única prueba, una prueba que no habla a simple vista y que sin embargo, recuerda y revivió constantemente la experiencia de abuso hasta que logré apalabrarla. No olvido los muchos años que padecí insomnio, las pesadillas con demonios que de niña me hacían creer que probablemente estaba loca o endemoniada, que por eso me habían pasado tantas cosas malas, que quizá era mi culpa – y lo peor fue que otros, adultos, creyeron que yo estaba endemoniada-. Recuerdo también cómo comía mis uñas, me arrancaba el pelo, me golpeaba y mutilaba, me odiaba. A eso se sumaron un par de intentos de suicidio y los trastornos alimenticios cuando llegué a la adolescencia y el desarrollo de mi cuerpo me hizo sentir más culpable; yo no entendía entonces que no era culpa de mi cuerpo sentir, crecer, hacerse curvilíneo y que eso no justificaba los otros abusos a que me vi sometida en varios espacios, solo por tener un cuerpo que para otros era objeto de deseo, más bien de sometimiento, un cuerpo que era territorio sobre el que podían ejercer su soberanía…

Y seguí callando hasta que ese mismo cuerpo me dijo que ya no podía más, me enfermaba de cosas a las que los médicos no encontraban causas ni pruebas, y fue entonces que inicié esos procesos de búsqueda sanadora que pasaron por rememorar desde la palabra y desde el cuerpo. Procesos dolorosos, que, al cabo de tres años, me resultan liberadores.

A mí nadie me creyó, mi familia no me creyó, me tocó quedarme sin familia hasta que ellos estuvieron lo suficientemente preparados para admitir que el abuso de que soy sobreviviente –porque sufrí abuso en ese espacio de seguridad que debió ser mi entorno familiar- era solamente uno de tantos en la historia familiar. Y eso pasó gracias a que rompí el silencio y comencé a relacionarme con mi cuerpo de una nueva forma: antes ni siquiera sabía que donde había memorias de dolor había también memorias de placer y alegría, tampoco sabía que ser vulnerable no necesariamente es negativo porque la vulnerabilidad constituye un elemento inherente a mis resistencias.

Y aquí conecto con la fuerza que me han dado otras mujeres: al sentirme sola porque no me creyeron, busqué otros espacios y me encontré con una familia nueva, somos muchas sobrevivientes -y dolorosamente, cada vez que hablo del tema me encuentro con que casi todas me dicen “a mí también me pasó”, y eso duele, pero es también liberador poder apalabrarlo- que estamos en procesos de búsqueda similares para sanar, para recuperar las vidas que el abuso nos robó y trató de aniquilar. Hablarlo me hizo fuerte, resiliente, protagonista de mi propio proceso de sanación, hablarlo hizo que en una de tantas mi mama leyera mi historia y recordara que ella también fue víctima de abuso, luego mis abuelas y mis bisabuelas, mis tías –esas que huyeron a Estados Unidos para no ser más víctimas de la guerra y de las violaciones- mis otras tías –las que se tuvieron que quedar en El Salvador porque no tuvieron otra opción-, mis primas, mis amigas, mis compañeras…

Y entonces me di cuenta que había toda una red a mi alrededor, y que cada una tenía recursos que nos ayudaron a sobrevivir y que ahora también articulábamos resistencias colectivas desde el poder de nuestras palabras, desde la forma de relacionarnos y expresarnos con nuestros cuerpos. No todas estas mujeres seguimos en procesos terapéuticos, algunas decidieron callar aún por el miedo, otras ignorar las secuelas y hacer como que nada pasó para no quebrar sus vidas, para no romperse. Yo creo que esas opciones son válidas porque probablemente hoy no estén listas, pero quizá lo estarán en un futuro, eso no las hace cobardes o cómplices; cada una tiene su tiempo, su propio proceso.

Retomando la pregunta de Abbie, que transcribí al inicio, desde mi experiencia y las de estas mujeres que me han acompañado estos años –terapeutas, amigas, colegas- creo que podemos construir una memoria “pública” de la violencia sexual “privada” al romper el silencio –recuerdo que yo empecé escribiéndolo en mi diario-, al convocarnos para hablar del abuso que le incomoda al Estado, a la Iglesia, al Patriarcado; si reconocemos nuestros cuerpos como sitios de memoria del abuso, pero también de nuestras resistencias y luchas, de la vida, del placer y la alegría; si nos acompañamos mutuamente, porque cuando estamos juntas no hay quien nos detenga ni nos calle.

Gracias a todas ustedes, mujeres, de quienes he aprendido tanto.

Gracias sobre todo a mis ancestras porque al conocer sus historias y sus resistencias, me re-conozco y me identi-fico.

 

Por Fiore Stella Bran

Imagen: Vigía de Rocío Montoya

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *