DE MACHOS INTOCABLES Y MACHOS PROGRES

Por Fiore Stella Bran

Continuando con el tema de la memoria “pública” de la violencia sexual “privada”, hoy quiero dialogar sobre las denuncias de abuso y acoso sexual y de violación que han surgido en las redes sociales recientemente, dando seguimiento a la ola de denuncias y reflexiones generadas hace un par de semanas también en estas plataformas. La diferencia con las denuncias más recientes es que las chavalas esta vez han decidido no mostrar rostros, pero sí valientemente exponer nombres, fotografías y perfiles de los abusadores ¿A qué se debe el anonimato de las denunciantes?

Hay comentarios de quienes reclaman que eso no prueba nada, que son incluso difamaciones, lo que evidentemente no se puede demostrar ni desmentir en una red social porque para eso hay procesos jurídicos. Pero continuando con el porqué del anonimato de las denunciantes, planteo la que considero es la razón principal: el miedo, miedo a que no se les crea, a ser revictimizadas –a que toda la gente comience a preguntar cuándo, cómo, dónde sucedió y sobre todo por qué no denunció antes, como si romper el silencio en este sistema fuera tan fácil-, y el miedo a los privilegios y al poder que pueda ostentar el abusador, considero que este último es la causa primordial de los miedos anteriores.

Platicando con una amiga en torno al tema estos días, me comentaba su razón para no denunciar: “Es que ese maje no tiene cara de malo y yo sí, además, en la universidad la gente lo quiere mucho, y me da miedo porque es bien peligroso, vos sabés que tiene poder, una vez me golpeó y creo que podría volver a mandar a que me golpeen. No me siento preparada”.

El hombre que abusó de mi amiga ha sido denunciado por otras mujeres en grupos de Facebook y Twitter, es un hombre que además de los privilegios propios de su sexo, tiene mucho poder: es un macho intocable. Un intocable que cuenta con los capitales económico, social, cultural y simbólico que legitiman su ejercicio del poder; y es justamente esa la razón por la que no tiene cara de malo y puede seguir violando a su antojo.

La forma en que los intocables ejercen el poder se puede apreciar en la esfera pública y en el estado, empezando por el intocable mayor: el gallo ennava… (whatever). Es un secreto a voces que tiene tres denuncias por abuso sexual, de las cuales ninguna ha progresado por la vía correspondiente,obviamente debido a su poder en este pedacito de mundo.

La impunidad que acompaña a estos casos es muestra de que los machos intocables no operan solos. Necesitan de todo un aparataje de cómplices que con acciones o silencios pagados maquillen sus caras de victimarios para hacerlos lucir como inocentes o al menos tolerables. Me pregunto qué habrá pasado tras el telón de este espectáculo al que no se le ha dado seguimiento. Solo hay conjeturas, dudas y más miedos…

Entonces, si la impunidad reina en la base del sistema, es evidente lo que se deriva de él: las múltiples impunidades alrededor de los machos intocables en la mayoría de los espacios públicos y privados. Por eso es más difícil denunciar a un jefe, profesor, sacerdote, pastor, líder comunitario, al genio de la clase, a un activista político, a un intelectual… de ser un abusador, de lo que sería denunciar a un hombre carente de los capitales que legitiman a estos intocables, pues lo más probable ante una denuncia es que la justicia estatal – y de paso la iglesia- se encargue de maquillar al victimario.

Para ilustrarles un poco la situación, transcribo una conversación con otra amiga, que por esa razón tampoco se atreve a denunciar firmando con su nombre:

“Es que podrían decir que fue mi culpa porque yo salí con ellos, vos sabés que eran mis amigos. Además ese hombre tiene poder, es religioso y si lo denuncio me podrían correr del trabajo, vos sabés que yo trabajo con ellos ¿Qué haría yo en ese caso, para dónde agarro?”

Y aquí viene una versión más sutil y novedosa de los machos –porque como sabemos, el patriarcado es experto en parir nuevos productos para camuflarse y seguir gobernando ¿desde abajo?- , me refiero a los machos progres: esos hombres que, con buenas intenciones, apoyan la `causa de las mujeres` asumiéndose como progresistas o incluso feministas, pero replican el machismo en su día a día (Cf. Vela Barba, 2016, 08 de julio)[1]. El problema es que las buenas intenciones – o no tan buenas-  no bastan.

En este caso, me quiero referir a las no tan buenas intenciones: he tenido la oportunidad de encontrarme con algunos hombres heterosexuales pseudoactivistas y pseudointelectuales –y uso el prefijo para diferenciarlos de los activistas e intelectuales- que se valen de sus privilegios y posiciones de poder para establecer relaciones desiguales con mujeres que se supone deberían ser pares, incluso usan su poder para sacar beneficios –generalmente sexuales- de esas relaciones: el típico ejemplo es el de los hombres que respaldan teóricamente las relaciones abiertas para beneficiarse de ellas estableciendo en la práctica relaciones desiguales con sus compañeras, tales relaciones terminan beneficiándolos a ellos exclusivamente; con esto no digo que las relaciones abiertas sean reprobables, sino que depende de la relación de poder que les subyace. Creo que hay muchos más ejemplos que se pueden mencionar acá, pero no me dan las líneas…

Los machos progres pueden ser lobos disfrazados de ovejas que se acercan a los espacios en que mujeres y hombres –estos sí con buenas intenciones- se cuestionan roles y privilegios para deconstruirse, pero los progres no tienen la mínima intención de participar en dichos procesos, por el contrario, podrían incluso buscar forjarse una reputación que les respalde para cometer abusos. Pongo el ejemplo de otra conversación con otra amiga:

“Yo a él lo conocí porque los dos éramos activistas, siempre anda con eso de deconstruir su masculinidad, y sin embargo, me violentaba. Una vez me dijo: `ustedes dicen que solo con que la mae no te dé consentimiento y no tenga ganas, aunque sea tu novia o amante, es una violación, están locas, para esa gracia yo he violado a un montón`. Y yo le di la razón, porque no tenía idea de que eso era abuso, yo misma estaba siendo abusada por él”.

Sin embargo, hay otros hombres que sí tienen disposición de deconstruirse y entrar en diálogo auténtico con las mujeres también dispuestas a cuestionarse, y esto es maravilloso porque precisamente se trata de un proceso para identificar privilegios y establecer relaciones de poder que sean cada vez más cercanas a la igualdad. Es evidente que como proceso, estos cuestionamientos nunca acaban, pero también pasan por la delgada línea de reconocernos, hombres y también mujeres, como testigas/os sospechosas/os de esa alteridad que no acabamos de comprender porque no nos pertenece ni nos toca plenamente.

Pienso en mi condición de mujer/estudiante universitaria/ de ciudad, que me ha brindado las herramientas para poder denunciar abusos y reconocerme ahora como sobreviviente de ellos, lo cual me impide tomar la palabra por una mujer/analfabeta/campesina que no ha tenido las mismas oportunidades que yo para adquirir esas herramientas debido a su contexto. Es decir, no puedo enunciar su voz desde mis privilegios, pero puedo ser sorora, respaldarla con mi voz.

Termino recordando una experiencia con un macho intocable- progre: un profesor que en una clase me hizo callar parafraseando a Neruda –con eso de que “me gustas cuando callas porque estás como ausente”- porque le incomodó una de mis preguntas en torno al tema de ese día. Recuerdo mi susto, no pude responder en ese momento; pero creo que ahora le respondería con una frase que mencionó otra profesora: “¿Por qué callar, si nací gritando?” Por eso, aunque no pueda enunciar la voz de todas, sí creo firmemente que podemos respaldarnos unas a otras cada cual con su voz para ir normalizando el grito, para desmontar la normalización del silencio en torno a los abusos.

Fiore Stella Bran

Managua 25 de julio 2017

[1]Vela Barba, E. (2016, 08 de julio). Machos progres y hombres feministas. El Universal. Recuperado de http://www.eluniversal.com.mx/blogs/estefania-vela-barba/2016/07/8/machos-progres-y-hombres-feministas

Imagen collage by Loui Jover 

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PARA UNA MEMORIA “PÚBLICA” DE LA VIOLENCIA SEXUAL “PRIVADA”- Mi historia

Por Fiore Stella Bran

Hoy finalmente he logrado sentarme a platicar con mi rabia, la rabia y el dolor que cargo desde el viernes 07 de julio, un día pesado, el día en que una amiga hizo pública su denuncia a un violador, el día en que me enteré por otras amigas de Chontales que un sacerdote y su hermano violaron a dos niñas a quienes conocí cuando tenía 15 años y era profesora voluntaria en esa comunidad; yo chineaba a la bebé que ahora tiene 6 años, recuerdo que entonces ella tenía unos 6 meses, ahí también conocí al violador, y les juro, como dijo la Alejandra De Franco, que no tenía entonces la cara de un violador, porque no existe estereotipo que pueda englobar la realidad del abuso sexual que acecha a niños, niñas, mujeres, sobre todo en el espacio que debería ser más seguro: la casa.

Comparto mi inquietud respecto a una pregunta planteada por Abbie Fields en una ponencia que presentó recientemente: “¿Es posible construir una memoria “pública” de la violencia sexual “privada”? Si bien, no tengo una respuesta teórica, sí la tengo desde mi vivencia como sobreviviente de abuso sexual a quien le tocó guardar silencio por mucho tiempo para soportar, para sobrevivir. Pasaron los años, muchos años, y ahora no queda más evidencia que las secuelas en mi cuerpo; tampoco pude denunciar porque resulta que según las leyes de mi país, mi caso ya prescribió, como si el llegar a la mayoría de edad borrara automáticamente mi memoria, mi palabra ya no cuenta -¿Alguna vez ha contado?-. El problema es que yo no tengo esa amnesia maravillosa que tiene el Estado.

Entonces mi cuerpo es mi única prueba, una prueba que no habla a simple vista y que sin embargo, recuerda y revivió constantemente la experiencia de abuso hasta que logré apalabrarla. No olvido los muchos años que padecí insomnio, las pesadillas con demonios que de niña me hacían creer que probablemente estaba loca o endemoniada, que por eso me habían pasado tantas cosas malas, que quizá era mi culpa – y lo peor fue que otros, adultos, creyeron que yo estaba endemoniada-. Recuerdo también cómo comía mis uñas, me arrancaba el pelo, me golpeaba y mutilaba, me odiaba. A eso se sumaron un par de intentos de suicidio y los trastornos alimenticios cuando llegué a la adolescencia y el desarrollo de mi cuerpo me hizo sentir más culpable; yo no entendía entonces que no era culpa de mi cuerpo sentir, crecer, hacerse curvilíneo y que eso no justificaba los otros abusos a que me vi sometida en varios espacios, solo por tener un cuerpo que para otros era objeto de deseo, más bien de sometimiento, un cuerpo que era territorio sobre el que podían ejercer su soberanía…

Y seguí callando hasta que ese mismo cuerpo me dijo que ya no podía más, me enfermaba de cosas a las que los médicos no encontraban causas ni pruebas, y fue entonces que inicié esos procesos de búsqueda sanadora que pasaron por rememorar desde la palabra y desde el cuerpo. Procesos dolorosos, que, al cabo de tres años, me resultan liberadores.

A mí nadie me creyó, mi familia no me creyó, me tocó quedarme sin familia hasta que ellos estuvieron lo suficientemente preparados para admitir que el abuso de que soy sobreviviente –porque sufrí abuso en ese espacio de seguridad que debió ser mi entorno familiar- era solamente uno de tantos en la historia familiar. Y eso pasó gracias a que rompí el silencio y comencé a relacionarme con mi cuerpo de una nueva forma: antes ni siquiera sabía que donde había memorias de dolor había también memorias de placer y alegría, tampoco sabía que ser vulnerable no necesariamente es negativo porque la vulnerabilidad constituye un elemento inherente a mis resistencias.

Y aquí conecto con la fuerza que me han dado otras mujeres: al sentirme sola porque no me creyeron, busqué otros espacios y me encontré con una familia nueva, somos muchas sobrevivientes -y dolorosamente, cada vez que hablo del tema me encuentro con que casi todas me dicen “a mí también me pasó”, y eso duele, pero es también liberador poder apalabrarlo- que estamos en procesos de búsqueda similares para sanar, para recuperar las vidas que el abuso nos robó y trató de aniquilar. Hablarlo me hizo fuerte, resiliente, protagonista de mi propio proceso de sanación, hablarlo hizo que en una de tantas mi mama leyera mi historia y recordara que ella también fue víctima de abuso, luego mis abuelas y mis bisabuelas, mis tías –esas que huyeron a Estados Unidos para no ser más víctimas de la guerra y de las violaciones- mis otras tías –las que se tuvieron que quedar en El Salvador porque no tuvieron otra opción-, mis primas, mis amigas, mis compañeras…

Y entonces me di cuenta que había toda una red a mi alrededor, y que cada una tenía recursos que nos ayudaron a sobrevivir y que ahora también articulábamos resistencias colectivas desde el poder de nuestras palabras, desde la forma de relacionarnos y expresarnos con nuestros cuerpos. No todas estas mujeres seguimos en procesos terapéuticos, algunas decidieron callar aún por el miedo, otras ignorar las secuelas y hacer como que nada pasó para no quebrar sus vidas, para no romperse. Yo creo que esas opciones son válidas porque probablemente hoy no estén listas, pero quizá lo estarán en un futuro, eso no las hace cobardes o cómplices; cada una tiene su tiempo, su propio proceso.

Retomando la pregunta de Abbie, que transcribí al inicio, desde mi experiencia y las de estas mujeres que me han acompañado estos años –terapeutas, amigas, colegas- creo que podemos construir una memoria “pública” de la violencia sexual “privada” al romper el silencio –recuerdo que yo empecé escribiéndolo en mi diario-, al convocarnos para hablar del abuso que le incomoda al Estado, a la Iglesia, al Patriarcado; si reconocemos nuestros cuerpos como sitios de memoria del abuso, pero también de nuestras resistencias y luchas, de la vida, del placer y la alegría; si nos acompañamos mutuamente, porque cuando estamos juntas no hay quien nos detenga ni nos calle.

Gracias a todas ustedes, mujeres, de quienes he aprendido tanto.

Gracias sobre todo a mis ancestras porque al conocer sus historias y sus resistencias, me re-conozco y me identi-fico.

 

Por Fiore Stella Bran

Imagen: Vigía de Rocío Montoya

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