Si es ella, soy yo.

Por: Amarilis Acevedo.

Salgo de la oficina de administración con mi brazo doblado hacia mi pecho y dos carpetas en el medio, la de manila dentro de la plástica con toda la documentación debidamente ordenada de la actividad que recién acaba de pasar, me devuelvo y miro el reloj, son ya casi  las cuatro de la tarde, a estas alturas el último bus expreso que sale de Matagalpa a Chinandega ya lleva su camino bien avanzado –pienso-.

Termino el pasillo y los compas están platicando en el patio fresco, o bueno, fresco para nosotros con el cuerpo no tan acostumbrado al clima del pacífico. Doblo hacia el auditorio y las maletas estaban listas. ¡Qué alivio!

La Xime se despide moribunda por su calentura, la Vale está acostada en el piso. ¿Y bueno, qué hacemos? Irnos implicaría transbordar y muy posiblemente que nos agarre la noche, sin la certeza entera de llegar a nuestro destino, con nuestras mochilas de ropa y la maleta de materiales a tuto que no pesa más que nuestro cansancio, quizá en mi caso por la poca experiencia o la desvelada de anoche mientras platicábamos en el cuarto..

La posibilidad de quedarnos y dormir suena más tentadora. El chele nos dice que en 10 minutos su hermano pasa por él, e irán a visitar Telares, luego se irá para Managua. Nos invita,  nos quedamos viendo las tres y la decisión ya está tomada.

Pasados los diez minutos, mientras termino el último trago de café en el patio todos reunidos, suena el pito en la calle, ese es el aviso que debemos coger nuestras maletas y movernos al microbús que nos espera afuera.

Llegamos. Estamos en el kilómetro 135 de la carretera Matagalpa – Jinotega, en la comunidad Molino Norte. lo primero que hago es sacar la cámara del microbús y empezar a tomar fotos de todo, ya quisiera encontrarme en paisajes así más seguido, es un lugar de desconexión y conexión, pues no hay internet, ni cable, pero hay más que eso, ¡Un respiro de vida!.

Tras pasar un pasillito al aire libre entre veraneras y otras flores entramos a un lugar grande y bonito, con ventanas de madera y vidrio, es un telar del grupo de mujeres de la Fundación María Cavalleri, que elaboran diversos artículos de manera artesanal, así se ayudan económicamente y mantienen vivo el legado ancestral de tejer, en cada pieza hay colores, historia e identidad.

El recorrido ha terminado entre risas, juego, compras y un poco de drama, llegamos al hotel, abrimos la puerta y todo el peso de las mochilas se deja caer, mientras nosotras tres, dejamos caer el de nuestros cuerpos tumbándonos en la cama. Empezamos a reflexionar de cosas muy interesantes como: ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? ¿Dónde habrá puesto la marrana? Y… ¿A qué hora nos levantaremos para llegar mañana a Chinandega?

Llega un mensaje de texto a mi teléfono, es el chele, dice que mañana el primer bus a Chinandega sale a las 5:00 am, el segundo a las 2:00 pm, ¡Que pereza levantarse temprano! y tampoco podemos esperar tanto, transbordaremos, pero antes de mediodía, el plan ya está hecho y el de la noche también, tan solo dormiremos.

Tocan la puerta y tras wasapear un rato, llega uno de nuestros compas de Matagalpa, el chavalo quiere salir, nosotras queremos dormir, pero después de retomar la propuesta, con cero resistencia nos levantamos; un par de cervecitas y una bailadita nos haría bien, nadie se cambió de ropa, nadie se maquilló, nadie se peinó, nadie se echó desodorante, solo jalamos la puerta y nos jalamos nosotras.

Llegamos y veo cómo es el movimiento del bar esa noche: me gusta por su estructura interna de madera y porque ir ahí es recordar la última comida de pizza italiana y la rica bailada que nos dimos aquella noche en honor de la despedida de la Ora, quien voló hace poco al otro lado del charco. Hay más movimiento esta noche, la pista está más llena.

Nos llama la atención una chavala de unos 16 años, cuyos movimientos de baile son evidentemente forzados y su cara deja ver la incomodidad de sus tacones grandes y difíciles de dominar, es eso o es el tipo con el que baila lo que la incomoda,  un maje como de unos 36 años, a quien nunca le vimos la cara por completo, porque la gorra que andaba puesta le cubría la mitad, la chica andaba con su amiga de tal vez 18 años, quien se veía más cómoda y con otro tipo grande, empezamos a ver y cuestionar los cuatro lo que estaba pasando, nos creamos hipótesis y en ese momento creamos también un plan para investigar, ¿Eran realmente menores de edad?, ¿La que se veía más pequeña necesitaba ayuda?, ¿Quiénes eran los tipos?.

Las chavalas bajaron a bailar y la Vale y yo también bajamos, poniendo en ejecución el plan recientemente creado por los cuatro. Mientras nos movíamos tratábamos de acercarnos a ellas hasta que … ¡Ups! En un giro que me hizo la Vale tropezamos, nos disculpamos, hicimos rueda y empezamos a platicar, intercambiamos de pareja y poco a poco me fui llevando a la chica mayor al otro lado de la pista, mientras la Vale se quedaba bailando con la que se vía menor, tratando de investigar algo.

Mi atención entera está en la chica que baila conmigo  y en hacerle preguntas sin que se note el interés de saber lo que pasa (lo que me es un poco difícil, porque suelo ser directa y evidente en casi todo), pero en este momento no la podía encabar, tras giros de baile, intento ver qué pasa con la Vale y la otra chica, siguen bailando, ¡Bien!, pero ella voltea a cada rato a ver a su amiga que baila conmigo, ¿Y los tipos? Se han volteado y nos miran, ¡Jesús, que nervios!.  De repente, alguien llega e interrumpe nuestra cumbia, es la chica menor, diciéndole a la amiga que se vayan a sentar. Las dejo, me despido amablemente con sonrisas, abrazos y diciéndoles que estamos en la mesa de al lado por si necesitan algo.

La Vale y yo empezamos a bailar juntas para no levantar tanta sospecha y después de un rato nos fuimos a sentar junto con la Vel y el compa. La situación es esta: ambas dijeron que tenían 20 años y eran de San Ramón, los tipos andaban en su carro y las irían a dejar a sus casas, eran beisbolistas que llegaron de Managua a San Ramón a jugar…  Algo no suena bien, los equipos generalmente viajan en un microbús, y… ¿De Managua a San Ramón por un partido de beis? No sé.

La Vale nos contó que le preguntó a la menor si sentía cómoda, si estaba bien, la invitó a nuestra mesa y tras la negativa le dió la dirección del hotel donde nosotras nos estábamos quedando, le dijo que ante cualquier cosa llegara y nosotras podríamos ayudarle.

¿Paranoia? ¿Alteración de la realidad? ¿Verdad?.  Puess… en un país con tantos abusos sexuales, violencia y femicidios, cualquier cosa puede pasar. Además, todo se nos hacía demasiado extraño. Vi a esa chavala y pensé en mi sobrina que recién acaba de cumplir los quince años, en mi adolescencia, en mis primeras fiestas, que no se parecían en nada a esta situación, en la indefensión e inseguridad de la mayoría de chavalas adolescentes, quedarnos de brazos cruzados no era una opción para nosotros cuatro que coincidimos en sospechas.

Las vimos irse con los tipos, sin nada más, hicimos lo que pudimos.

Horas después la Vale se levanta y empieza a bailar cerca de su silla, un tipo la queda viendo de lejos, me percato y lo quedo viendo también, llega y la invita a bailar, ella dice que ¡No!, pasan los minutos, vuelve a llegar, ella le vuelva a decir que ¡No!, esta vez el tipo no se va, insiste, se queda de pié a la par de mi silla, me levanto y le digo: ¡Andate por favor, que ella no quiera bailar con vos, andate ya!, insiste, reaccionamos los cuatro. La Vale le hace señas al mesero, quien llama a seguridad, mientras el muchacho de seguridad llega, él se va de nuestra mesa y de lejos junto con su amigo me amenazan con el dedo, la Vale y yo nos dirigimos hacia el jóven de seguridad para contarle lo que ha pasado incluyendo la amenaza mientras éste hablaba con ellos en un intento de calmar las cosas, se ha tenido que meter hasta el dueño del lugar para que por fin pudieran irse.

Dos episodios violentos en una sola noche, que suceden cotidianamente a la luz y silencio de todos, no es la primera vez que le ha tocado a una de mis amigas o a mí misma, estar en una situación donde nuestra seguridad se siente vulnerada, tras la insistencia de un tipo que no entiende el ¡No! Rotundo y bien decidido de una mujer. El tipo violento que cree que su rol es elegir con quién bailar y esperar que la orden sea aceptada a toda a costa, incluso con amenazas, “sutiles” o directas.

A ellas, a nosotras nos suelen culpar de la violencia que recibimos, por mil motivos sin sentido, mientras también se culpa a quienes se suelen nombrar como “las chavalitas locas” que salen con tipos mayores, eximiendo de toda responsabilidad a los hombres violentos y abusadores involucrados en este tipo de situaciones, a la sociedad, la comunidad, las familias, los dueños de las discos y bares, el personal de seguridad, el bar tender, el mesero, las y los clientes, y sí el Estado mismo, todos y todas que también violentan no haciendo, ni diciendo nada.

Meterse en este tipo de situaciones que sólo son un ejemplo de la gama de situaciones violentas que ocurren en los bares, discos y otros sitios, como la calle o aceptar que un tipo, se lleve a un hotel, un motel, al baño, a su casa, al carro, etc, a una chava borracha o a la que le han metido pastillas en su bebida y no nombrarlo como violación, verlo y no hacer nada, absolutamente nada, es ser parte de quienes violentan.

Reaccionar, denunciar, hablar, gestionar o hacer algo no es “meterse en la vida privada” de nadie, es rechazar un sistema que viola y mata a las mujeres y que se sostiene gracias a la aceptación derivada del silencio de todos y todas. Mientras haya silencio, hay complicidad y mientras haya silencio y complicidad se seguirá sosteniendo ese sistema machista que se asienta en nuestra inseguridad, que nos viola y nos mata.

Si es ella, soy yo, si a una le pasa, nos pasa a todas.

Por: Amarilis Acevedo.

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