Notas al amanecer en un país de mierda.

Por: Fiore Stella Bran

Anoche dormí tranquila finalmente, tras haber tratado de digerir la rabia y otra vez sentir la alegría en mi vientre de saberme completa y yo misma. El dolor de anoche de recordar pedazos de tristezas, alegrías, rabias, para la mañana se había transformado en el canto de los pájaros y la luz del sol que pretendía entrar por las hendijas de mi ventana.

Para relajarme pronto, algo de yoga, una oración a la naturaleza y a la vida, y yo estaba lista para iniciar la rutina extenuante de 2 horas en bus, 8 de trabajo, 2 de clases; para un total de 12 de martirio, de rutina que cansa y extenúa y que se ve interrumpida por esas pequeñas rupturas que de los mesías cotidianos que intervienen en ella: la puesta de sol, las risas con los amigos, cerrar los ojos y estirarme tras horas de trabajo en la computadora.

Pero hoy sería diferente, hoy tenía otra energía, estaba más conectada con esa niña interior. Y salí segura, a la calle, con el pantalón de tela floja que vuela al viento, con el pelo suelto, segura… aunque me acosaran por la calle, segura y erguida. Observé con firmeza y seriedad a los hombres que me vieron como un objeto de pies a cabeza, noté cómo mi rostro de niña alegre se transformaba de pronto en el de la mujer seria que tiene que comportarse como una militar para sobrevivir a la calle y las agresiones en ella.

Luego, el bus… El busero y su música de reggaetón a todo volumen, no quiso hacer parada en un lugar indicado  y un hombre comenzó a golpear la puerta casi hasta quebrarla, el busero siguió sin parar como para demostrar quién tenía el poder ahí, el hombre continuó con su respuesta también violenta, y una mujer gritó “¡Cabrón!”.

Entonces mi cuerpo relajado otra vez se sintió tenso, recordé que había entrado en la dinámica de la ciudad de mierda, donde la gente se comunica por medio de la violencia, que es el lenguaje del miedo, del miedo al encuentro, a lo diferente; de la violencia que se deriva del temor a ser vulnerable, a que me encuentren, porque no quiero que me hieran, me dañen, me abandonen….

Y la mujer siguió, una vez que el busero había parado 3 estaciones después de las requeridas por el hombre que golpeaba: “¡Puta, aquí en Managua nadie habla, ni verga… Los pueden pasar aplastando y no dicen nada!”.

Momentos antes yo había vivido ese drama, también cotidiano, de tener que ponerme una doble coraza: la mochila delante para que no me roben mientras viajo, los codos fuertes, atrás, listos para empujar a cualquier hombre que quisiera restregar su pene contra mi cuerpo, y había pasado: otra vez había tenido que “adelgazarme, sumirme” para que uno de ellos pasara sin tocar mi trasero con su pene y había tenido que usar mis codos y mis pies como corazas, marcando mi perímetro, afirmando mi lugar como una de ellos.

….

Y la mujer, que era gorda y tostada, vestida como una mercadera, pintada como una gitana, que iba con una chavala a lo máximo de mi edad, embarazada, avergonzada de oír a la madre gritar… La chavala se sentó porque un hombre obrero le cedió el asiento.

La mujer contó entonces la anécdota de cómo se comunican en su tierra:

“¡Esta gente hijueputa que no dice nada! Si vieran cómo es en Río Blanco” – le decía al hombre que le cedió el asiento a la hija- “ahí una vez yo iba en un interlocal, y el hijueputa busero iba montando gente en cada parada, pero una mujer que iba con un chavalito le dijo que si la dejaba en una vuelta, y él no se quería parar por pura mierda, entonces un campesino le puso una pistola en la cabeza y le dijo: aquí la bajás, sino te vuelo los sesos… Y el hijueputa se tuvo que parar, pa que vea… Que aquí la gente es bien dunda”.

“Les digo yo a unos de aquí, váyanse a Río Blanco, que allá si van a ver… Allá nosotros tenemos una finca, unas tierras, y pasan de pronto 60 hombres armados que le andan robando a los campesinos, vaya a ver si la policía llega allá. Que se vayan los ladrones y marihuaneros de aquí, que ahí si van a aprender, se la lanzan de la gran cosa y ni verga saben”…

El hombre solo asintió.

Y yo me sentí nuevamente tensa, el breve encuentro de anoche conmigo y de hoy con el amanecer de la vida, su efecto tranquilizador se había pasado. Volví a entrar en la dinámica de la ciudad de mierda donde cada quien se salva a como pueda, donde el lenguaje de la violencia reina, donde se evita el contacto visual para evitar el encuentro. Y cada cual llevará su coraza puesta, la que ha podido crearse, hasta que llegue a su parada destino, y luego, la recompondrá para llevarla el resto del día o de la vida…

Por: Fiore Stella Bran

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