Catarsis.

Este 08 de marzo me ha dolido en puta.

Hace cierto tiempo dejé de ver noticias, a mi parecer los medios de comunicación tradicionales con cobertura a nivel nacional no están haciendo mucho para contribuir al desarrollo y bienestar del país, tal parece que más bien han conspirado para ser parte de los factores que sostienen todo un sistema de injusticias duras.

Por una lado tenemos a los “canales oficialistas” a quienes yo he decidido no nombrarles así, porque otorgarles ese adjetivo sería poner en sus manos un poder que al menos sobre mí no tienen, ellos pretenden hacernos creer que vivimos en el país de las maravillas, por otro lado están aquellos como canal 10 que consideran que lo más relevante de las noticias es sacar la lista de muertos de la noche anterior, en su mayoría por accidentes de tránsito, enfocando crudamente la sangre de las víctimas y partes del cuerpo abierta por las heridas ocasionadas, sin ser capaces de brindar información científica con el fin de sensibilizar sobre educación vial, accidentes de tránsito, etc.

Y por otro lado tenemos un canal televisivo que dedica la mayor parte de su programación a hablar sobre las mil maravillas de la empresa privada y lo “buena gente” que son con la responsabilidad social empresarial, ese tipo de contenido me parece tan asqueroso como el anterior, tomando en cuenta que según el Banco Mundial (¡vaya referencia!), hasta el 2016 Nicaragua estaba entre los tres países más pobres del mundo (lo sigue estando), país en el cual la riqueza está distribuida en una mínima parte de la población, mientras la otra sufre las consecuencias de ésto, nadie habla sobre los estragos de las grandes empresas privadas en temas de medio ambiente, derechos humanos, derechos laborales, etc.

Fotografía de Eddy Melendez Lacayo. Tomada de fb. “Marcha feminista, 08/03 Managua”

Por ejemplo: ¿Por qué esta gente tiene tanta tierra para sus siembras de caña, de palma africana, maní y ajonjolí, mientras un grupo de mujeres campesinas han estado luchando por años para la compra de tierras con equidad de género para la agricultura a través de la ley 717? Ley que no ha sido aplicada por falta de fondos. ¡SOSPECHOSO! Éstas mujeres aún no han recibido respuestas, pese al apoyo, a los esfuerzos realizados, a los estudios hechos, a sus demandas, pese a ser nicaragüenses, pese a ser muchas.

Inicio hablando sobre ésto, porque al referirnos sobre la situación de las mujeres en el país, no todo se reduce a violencia física y abusos sexuales, son muchas las luchas invisibilizadas que están o deberían estar conectadas con otras y son muchos los agentes responsables de que existan este tipo de situaciones.

Mientras la noche del 08 de marzo un grupo de mujeres y hombres jóvenes nos reuníamos en el parque central de Chinandega para honrar la lucha de nuestras ancestras, de Berta Cáceres, recordar a Vilma, la mujer que recientemente quemaron en una hoguera y las otras 9 mujeres muertas víctimas de la violencia machista, tras leer sus nombres y gritar en conjunto “Ni una menos”, justo en esos momentos, tres tipos estaban violando a una adolescente en el municipio de El Viejo, chavala que ya estaba viviendo en una situación de abuso sexual. Al día siguiente me doy cuenta de las 37 niñas quemadas en Guatemala, víctimas de un Estado que las repudia y una sociedad que les dió la espalda.

Me da rabia, me indigna ver este tipo de situaciones injustas en el país, en la tierra que nos parió y nos ha dado de comer a cómo ha podido, mientras ella misma está siendo saqueada y violada, así como nos violan a nosotras.

Me indigna que funcionarias y funcionarios de la alcaldía de Chinandega se hayan prestado para la función de circo sin sentido de andar por las calles de Chinandega con mariachis y abrazando a cuanta mujer se encontraban sin pedirle permiso para tomarse la foto, me indigna que en un día de conmemoración de luchas, el comercio lo banalice sacando sus especiales descuentos en ropa femenina, maquillajes y calzado, nos siguen objetificando, nos siguen tratando de engañar con miserias, siguen poniéndonos mamparas para que no nos demos cuenta.

Me indigna que se “celebre” a la mujer con rosas, bailes folklóricos y competencia de reguetón en una tarima municipal, me indigna que los medios de comunicación sigan sacando los mismos titulares machistas y misóginos, con notas que culpabilizan a las víctimas y dejan en impunidad a los agresores de la violencia machista y al Estado por sus una y mil negligencias ante los abusos sexuales, femicidios, acoso, desigualdad de salario, pobreza, tenencia de tierras y aquí paro con un etc, porque la lista es larga.

 Me indigna porque me parece una burla cruel. Al final ¿Qué es ser mujer en este país?

El Grito.

 

Por: Fiore Stella Bran

Estos días hablaba con algunas compañeras de lucha de cómo nos afecta la violencia en nuestro entorno, el espacio público: no es mi cuerpo el que ha sido mancillado esta vez, pero la violencia del entorno me afecta: afecta mi estado físico, mi estado psíquico, mi forma de ejercer mi ciudadanía… Por si fuera poco, de paso recuerdo que según el Instituto de Medicina Legal, en Nicaragua ocurren dos delitos sexuales por hora… pienso en nombres, rostros, en tantas historias que he escuchado, en las mujeres de mi familia, en mi propia historia de cómo pasé de víctima a una orgullosa sobreviviente, y siento rabia.

Y me da más rabia pensar que a estas alturas a la dictadura que nos rige se le ocurra decir que este país sigue siendo el más seguro de Centroamérica, y que de paso, traten de invisibilizar la violencia hacia los cuerpos de las mujeres con pronunciamientos que maquillan datos, en los que se habla de equidad de género y otros tantos derechos de la mujer que son inexistentes en la vida cotidiana de las nicaragüenses.

Dejando aparte esa retórica de la Nicaragua que es un país de las maravillas, que ya ni las Alicias se las creen; reflexiono hoy sobre cómo esas violencias que se ejercen sobre otros cuerpos afectan el mío, cómo me provocan rabia, miedo o la necesidad de pegar un grito.

Estos días comentaba con varias amigas cómo vamos sintiendo los efectos de esas violencias en nuestros propios cuerpos: una de ellas de sus problemas renales al pensar en el femicidio de Vilma, otra en cómo las pesadillas le vuelven cada vez que oye hablar de abuso sexual pero que no ha podido tomarse el tiempo de detenerse a sentir por su horario de trabajo; otra de cómo siente atisbos de recuerdos de los abusos de su padre, que no se atreve a explorar por miedo a derrumbarse, porque tiene que rendir, porque de por sí ya está enferma del colon, y que si sigue buscando explicaciones se pondrá peor… o la amiga que me llamó desde una comunidad lejana en Chontales para contarme cómo a duras penas logró escaparse de un abusador sexual, pero ahora trata de no recordar porque en la iglesia le dijeron que tiene que perdonar, pero ya no puede más con sus dolores de cabeza mientras escribe su tesis. Otra me comentaba de su tristeza sin razón ante tanta noticia de mierda, yo hoy comento sobre mi rabia y mis ganas de gritar:

Ayer, día internacional de la Mujer, una violación múltiple a una adolescente embarazada en una comunidad de El Viejo, Chinandega. En un predio baldío a plena luz del día, uno de los tres acusados de violación era un conductor de caponera. Cabe mencionar que la adolescente de 15 años está embarazada de un hombre de 26 años, que según dicen, es su pareja (¿será su pareja de forma totalmente voluntaria y consciente?, pero eso lo dejo para otro momento)…

Al leer la noticia sentí ese escalofrío al que siguen las ganas de dar un grito de guerra, y el miedo, el terrible miedo: pensar que yo he estado en esa comunidad, que debo viajar ahí y caminar sola por esas calles a veces para ir a trabajar, pensar que yo también he estado en esa parada de caponeras negociando con ellos el precio para llevarme a determinado destino, entregando mi seguridad en sus manos por unos cuantos minutos a cambio de unos cuantos pesos.

Yo también he estado por en las calles de El Viejo sintiéndome un poco más segura de lo que suelo sentirme en mis luchas cotidianas en la vía pública en Managua, y ahora ocurre esto, que me pudo haber pasado a mí pero le pasó a ella; que como le pasó a ella también me afecta, me mata de a poco, me consume por dentro como un fuego, y extrañamente siento fuerzas: se viene un grito, el grito de muchas como las que nos unimos ayer en el plantón- marcha, el grito de lucha por nosotras, por nuestros derechos a ser, a decir, a decidir, a circular libres por la calle.

Es un grito de nuestras entrañas compartidas de hermanas, y por eso el dolor de las otras también me afecta. Y por ese dolor, y por mis aún mayores ganas de vivir y de gozar, aun con tanta mierda, hoy me siento con fuerzas para unirme al ¡Ni una menos, Vivas Nos Queremos!

  • Para denuncias de Violencia por razones de Género en Chinandega, pueden recurrir a APADEIM, una Asociación de Mujeres que ha logrado mucho, por medio de su red de denuncia vía telefónica, para visibilizar distintos tipos de violencia en los municipios de Chinandega.

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Por: Fiore Stella Bran

Notas al amanecer en un país de mierda.

Por: Fiore Stella Bran

Anoche dormí tranquila finalmente, tras haber tratado de digerir la rabia y otra vez sentir la alegría en mi vientre de saberme completa y yo misma. El dolor de anoche de recordar pedazos de tristezas, alegrías, rabias, para la mañana se había transformado en el canto de los pájaros y la luz del sol que pretendía entrar por las hendijas de mi ventana.

Para relajarme pronto, algo de yoga, una oración a la naturaleza y a la vida, y yo estaba lista para iniciar la rutina extenuante de 2 horas en bus, 8 de trabajo, 2 de clases; para un total de 12 de martirio, de rutina que cansa y extenúa y que se ve interrumpida por esas pequeñas rupturas que de los mesías cotidianos que intervienen en ella: la puesta de sol, las risas con los amigos, cerrar los ojos y estirarme tras horas de trabajo en la computadora.

Pero hoy sería diferente, hoy tenía otra energía, estaba más conectada con esa niña interior. Y salí segura, a la calle, con el pantalón de tela floja que vuela al viento, con el pelo suelto, segura… aunque me acosaran por la calle, segura y erguida. Observé con firmeza y seriedad a los hombres que me vieron como un objeto de pies a cabeza, noté cómo mi rostro de niña alegre se transformaba de pronto en el de la mujer seria que tiene que comportarse como una militar para sobrevivir a la calle y las agresiones en ella.

Luego, el bus… El busero y su música de reggaetón a todo volumen, no quiso hacer parada en un lugar indicado  y un hombre comenzó a golpear la puerta casi hasta quebrarla, el busero siguió sin parar como para demostrar quién tenía el poder ahí, el hombre continuó con su respuesta también violenta, y una mujer gritó “¡Cabrón!”.

Entonces mi cuerpo relajado otra vez se sintió tenso, recordé que había entrado en la dinámica de la ciudad de mierda, donde la gente se comunica por medio de la violencia, que es el lenguaje del miedo, del miedo al encuentro, a lo diferente; de la violencia que se deriva del temor a ser vulnerable, a que me encuentren, porque no quiero que me hieran, me dañen, me abandonen….

Y la mujer siguió, una vez que el busero había parado 3 estaciones después de las requeridas por el hombre que golpeaba: “¡Puta, aquí en Managua nadie habla, ni verga… Los pueden pasar aplastando y no dicen nada!”.

Momentos antes yo había vivido ese drama, también cotidiano, de tener que ponerme una doble coraza: la mochila delante para que no me roben mientras viajo, los codos fuertes, atrás, listos para empujar a cualquier hombre que quisiera restregar su pene contra mi cuerpo, y había pasado: otra vez había tenido que “adelgazarme, sumirme” para que uno de ellos pasara sin tocar mi trasero con su pene y había tenido que usar mis codos y mis pies como corazas, marcando mi perímetro, afirmando mi lugar como una de ellos.

….

Y la mujer, que era gorda y tostada, vestida como una mercadera, pintada como una gitana, que iba con una chavala a lo máximo de mi edad, embarazada, avergonzada de oír a la madre gritar… La chavala se sentó porque un hombre obrero le cedió el asiento.

La mujer contó entonces la anécdota de cómo se comunican en su tierra:

“¡Esta gente hijueputa que no dice nada! Si vieran cómo es en Río Blanco” – le decía al hombre que le cedió el asiento a la hija- “ahí una vez yo iba en un interlocal, y el hijueputa busero iba montando gente en cada parada, pero una mujer que iba con un chavalito le dijo que si la dejaba en una vuelta, y él no se quería parar por pura mierda, entonces un campesino le puso una pistola en la cabeza y le dijo: aquí la bajás, sino te vuelo los sesos… Y el hijueputa se tuvo que parar, pa que vea… Que aquí la gente es bien dunda”.

“Les digo yo a unos de aquí, váyanse a Río Blanco, que allá si van a ver… Allá nosotros tenemos una finca, unas tierras, y pasan de pronto 60 hombres armados que le andan robando a los campesinos, vaya a ver si la policía llega allá. Que se vayan los ladrones y marihuaneros de aquí, que ahí si van a aprender, se la lanzan de la gran cosa y ni verga saben”…

El hombre solo asintió.

Y yo me sentí nuevamente tensa, el breve encuentro de anoche conmigo y de hoy con el amanecer de la vida, su efecto tranquilizador se había pasado. Volví a entrar en la dinámica de la ciudad de mierda donde cada quien se salva a como pueda, donde el lenguaje de la violencia reina, donde se evita el contacto visual para evitar el encuentro. Y cada cual llevará su coraza puesta, la que ha podido crearse, hasta que llegue a su parada destino, y luego, la recompondrá para llevarla el resto del día o de la vida…

Por: Fiore Stella Bran