REESCRIBIR LA PROPIA VIDA

por Alberto Sánchez Argüello

Cuando están en una fiesta o en un una reunión social y les se presentan con personas nuevas ¿cómo lo hacen? ¿qué cuentan de ustedes? y luego en la medida que toman confianza ¿qué historias cuentan? ¿qué dicen esas historias sobre nosotros?

Los seres humanos nos mostramos a los demás a través de historias. Narrar es parte de nuestra naturaleza como especie. Narrábamos historias frente a fogatas en cavernas ancestrales, construyendo comunidad, explicando el universo, compartiendo experiencias de caza, heredando cultural oral.

Llegamos a nuestros centros de estudio, a las universidades a nuestras oficinas, y nos contamos historias unos a otros. Entre todos y todas vamos dando sentido a nuestro día, a nuestra semana, a nuestra humanidad.

Nuestras historias nos hacen humanos, pero también pueden aprisionarnos. Si somos demasiado fieles a nuestros relatos no nos permitimos experimentar, salirnos de esa narrativa que nos dice lo que podemos y no podemos hacer.

¿Cómo evitar quedar atrapados en nuestros propios relatos? ¿cómo reescribir nuestra narrativa?

Somos un personaje de nuestros relatos

Yo tenía once años  cuando le avisaron a mi mamá que su hermano Benjamín, se disparó intencionalmente y había muerto. Hasta ese momento de mi vida, no sabía que mi madre sufría lo que los psiquiatras de la época denominaban psicosis maníaco depresiva, hoy llamada bipolaridad. La muerte de mi tío le produjo una crisis, la primera de la que fui testigo.

Durante muchos años esos eventos estuvieron el corazón de mi narrativa personal. Mis fracasos y mis soledades se explicaban a partir de aquellos hechos.

Las personas seleccionamos una parte de nuestros recuerdos y eventos de nuestras vidas y construimos el perfil de un personaje que tiene nuestro nombre. Mi personaje era el de un niño con talento para el dibujo, mediocre en la escuela, poco dado a la socialización, flaco, muy flaco, hijo de la loca del barrio que había que buscar de casa en casa cuando estaba en crisis. Mi narrativa me daba pena. Me sentía incapaz de compartir lo que vivía. Esto me hacía sentir distinto, manchado.

Nuestros relatos son incompletos

Imaginen que tuvieran que escribir su autobiografía en diez minutos. ¿podrían? ¿qué cosas dejarían y qué cosas quitarían?

La verdad es que aunque tuviésemos un mes para escribirla siempre dejaríamos cosas por fuera. Primero, porque no todo lo que hemos vivido hace sentido o es importante. Tal vez no pondríamos la vez en que nos salió bien un huevo cocido, pero si hablaríamos de cuando conocimos el mar, nuestro primer beso, nuestro primer trabajo. Es normal podar los eventos de nuestra vida para darle sentido a nuestra narrativa. Esa es una de las razones por las que nuestro relato siempre será incompleto.

La otra razón es nuestra tendencia a reforzar nuestra narrativa, seleccionando eventos y situaciones que la confirman. En mi narrativa personal yo era un alumno sin talento y un adolescente poco atractivo. Cuando sacaba una buena nota lo atribuía a la suerte y si alguna chavala me decía algún cumplido yo decía que estaba loca o que seguramente se estaba burlando de mí.

La verdad es que hemos vivido muchas historias que pueden incluso contradecirse entre sí. Lo que hacemos es que la damos más importancia a algunas, creando poco a poco lo que se llama desde la terapia narrativa una historia dominante, dejando al margen las otras que podrían darnos otras perspectivas sobre la vida y nosotros mismos.

Pensemos por un momento ¿qué historias personales hemos dejado en un segundo plano? ¿cuántas vivencias hemos casi olvidado por contradecir lo que decimos ser?

Convertimos nuestros problemas en el centro de los relatos

Normalmente es más fácil identificar defectos y recordar nuestros traumas. Esto pasa posiblemente por la carga cultural que hemos heredado de una sociedad con múltiples traumas y patrones de abuso y violencia, donde descalificar y descalificarnos, sufrir en silencio y vindicar el sufrimiento y el sacrificio son el pan de cada día.

Tenemos una tendencia a empapar nuestras historias con problemas. No estoy hablando de no ser realistas y auto críticos, sino de explicar nuestras vidas a partir de duelos y situaciones problemáticas. Creamos nuestra zona de confort a partir de narrativas personales que explican porque no podemos salir de ahí.

Yo lo tenía claro en mi adolescencia: mi problema era la vergüenza que sentía y la falta de habilidades sociales asociada. Cada vez que mis padres me motivaban a salir yo me negaba. Incluso cuando decidí asistir -más por presión social que otra cosa- a los quince años de compañeras de escuela, buscaba como salirme de las casas y caminar por las calles, haciendo tiempo hasta que mi padre regresaba por mí.

Podemos reescribir nuestro relato

Cuando estaba en tercer año de secundaria decidí ser el mejor alumno de la escuela. La rabia que sentía en mi vida se encarnó en esa idea. A mediados de ese año, nuestro profesor guía, un señor mayor, detuvo la clase y públicamente me felicitó por haber conseguido el mejor promedio a nivel de toda la escuela. Luego agregó unas palabras que se quedaron grabadas en mi memoria para toda la vida: “Alberto, entre todos ustedes, tiene la personalidad más completa que yo haya conocido” Sus palabras hicieron un primer corto circuito en mi narrativa de fracaso. No podía descalificarlo ni tomarlo como burla, así que lo justifiqué como resultado del afecto que el docente debía tener hacia mí.

Años después, cuando empecé a tener conversaciones con muchas personas, y me sentía ahogado por mis armaduras emocionales, las palabras del profesor Julián Nicaragua terminaron por germinar. Empecé a experimentar con pequeños cambios. Primero con mi ropa, luego con la comida y así, hasta ir expandiendo mi narrativa, dándome el permiso de ser un nuevo personaje, una nueva persona.

Con el tiempo, dibujar y escribir me dieron nuevas herramientas para procesar mi historia. Poco a poco superé la vergüenza y el dolor, reconociendo que tuve una carga difícil en mi niñez y que había  logrado superarlas, mostrando mi luz. Aceptando también que mi madre fue una mujer fuerte, que me amó e hizo todo lo posible por cuidarme, incluso en medio de sus crisis.

Reescribir la propia vida ha significado para mí escribir sobre hitos importantes de mi vida, las historias propias y de mi familia, organizando las narrativas, dando sentido consciente a las creencias y eventos que me han traído hasta este presente.

Pero no tenemos necesariamente que saber escribir o dibujar. Cada uno puede encontrar su manera de reescribir sus historias. Puede ser a través de conversaciones con sus seres queridos, usando la figura de un río o un árbo; pensar en maneras distintas de contar las historias personales, tomando en cuenta personas y eventos que normalmente desechamos… preguntarnos como seríamos si hubiésemos tomado otras decisiones, si tales o cuales cosas no hubiesen pasado…

Todo comienza por preguntarnos ¿cómo evitar quedar atrapados en nuestros propios relatos? ¿cómo reescribir nuestra narrativa?

Experimentemos con el personaje que hemos creado. Vivamos más allá de eso que se supone es todo lo que somos… imaginemos que más podríamos ser.

Managua Nicaragua

Febrero 2017

  • Este texto fue creado originalmente para mi participación en el espacio de reflexión colectiva RELATOS de La Vagancia.

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