MUJERES, LITERATURA E INEQUIDAD

Por Alberto Sánchez Argüello

Una mañana mientras estaba en la hora de recreo, el director de mi escuela me detuvo cerca de la cancha para felicitarme por haber ganado un concurso de dibujo, le  dije que yo consideraba que mi primer lugar era compartido con mi compañera de aula Cristienne Dugan. El hombre se puso serio y me preguntó cuántas mujeres artistas de renombre conocía, en aquel momento yo contaba con doce o trece años y no conocía ninguna, le dije que seguramente existían pero él lo desecho con un gesto “los hombres somos los primeros en todo, en los deportes, en las ciencias, en las artes, en la cocina, en todo” agregó y se fue dándome un espaldarazo.

Yo no me le creí. Había algo en su manera categórica de hablar que no me cuadraba, además, para mí el trazo de Cris era hermoso y estaba seguro que en los infinitos libros de arte de mi padre debía haber constancia de mujeres destacadas, grandes artistas y lo mismo para el resto de disciplinas que aquel Director aseguraba pertenecer a los hombres.

Todo esto ocurrió muchos años antes de llegar a la Universidad Centroamericana y escuchar a Ligia Arana hablar de género, muchos años antes de saber el significado del término misógino y heteropatriarcado.

El camino ha sido largo desde ese momento de breve consciencia en mi escuela hasta las pocas lecturas y muchas buenas influencias que me han permitido ver un poquito más allá de mi masculinidad aprendida.

Pero no siempre estoy consciente. La más de las veces me muevo en mi entorno sin estar muy alerta con todo lo que “no cuadra”. Y es muy fácil pasear dormido por la vida sin detectar las inequidades de género, sobre todo cuando el discurso ha cambiado, mutando en algo menos evidentemente misógino, con la bandera del humanismo y el “combate a los extremos del machismo y el feminismo” –cuanto mal ha hecho a Latinoamérica Arjona- con la igualdad de derechos. Algo así como la intervención de un joven en el conversatorio de Poética Violeta con Simone Montiel, en el festival de literatura de la Universidad Centroamericana un par de semanas atrás. Un joven que no entendía la necesidad de contar con espacios de creación de mujeres para mujeres, un joven que aseguraba que en estos tiempos hombres y mujeres tienen las mismas oportunidades en literatura, que la única limitante es que la gente se deja llevar por los grandes nombres de autores o autoras, pero que los hombres y mujeres tienen el mismo trato y las mismas posibilidades… ¿será?

En abril de este año la dominicana Rita Indiana era la única mujer finalista al premio de la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. La autora afirmaba en aquel momento “Soy una anomalía para la literatura de América Latina. Acá parece que para ser escritor se debe ser hombre, blanco y heterosexual” –el premio finalmente lo ganó el chileno Carlos Franz-  Aquella afirmación de Indiana coincide con una tendencia histórica en las artes y la literatura en particular, en la que a las mujeres se les ha relegado a un lugar secundario, limitando su función a la vida familiar, al cuidado de los hijos y demás tareas domésticas, poniendo en duda su autonomía o, incluso, su inteligencia. A partir del siglo XIX diversas mujeres empiezan a desafiar estos cánones y a luchar por formar parte del hasta entonces mundo literario masculino con autoras como Jane Austen, Mary Shelley o Virginia Woolf, entre otras. ¿Pero qué tanto se ha logrado cambiar las cosas? ¿Podemos hablar de que ya hemos arribado a un mundo de perfecta equidad? ¿El catálogo de obras publicadas por el Centro Nicaragüense de escritores refleja esa equidad?

Un estudio desarrollado por Julieanne Lamond, de la Universidad Nacional de Australia, y Melinda Harvey, de la Universidad de Monash, en el que han revisado los patrones de las principales publicaciones australianas en periodo que abarca desde 1985 hasta 2013 concluye que los autores masculinos tenían más posibilidades que las mujeres de que sus libros aparecieran reseñados en medios de crítica literaria. En concreto, dos tercios de las reseñas revisadas estaban dedicadas a libros escritos por hombres, a pesar de que precisamente dos tercios de los escritores publicados en Australia son mujeres, algo que ha venido ocurriendo en los últimos treinta años. Esta tendencia no se limita a la aparición de reseñas en los medios especializados sino que abarca otros ámbitos, como los premios literarios o la inclusión en planes de estudio. Según el organismo internacional VIDA, encargado de velar por la presencia de la mujer en la literatura, estos resultados son el reflejo de una tendencia a nivel mundial.

En Nicaragua no contamos con demasiados medios de este tipo, pero no vendría mal revisar que tan equilibrada está la producción de reseñas distribuidas entre la revista Hilo Azul, Carátula y los diarios de circulación nacional que ocupan algún espacio para estos fines. Sobre estos últimos me la atención una reseña de Jorge Eduardo Arellano publicada en La Prensa dedicada a 99 palabras de mujer, antología de microrelatos publicada por la Asociación Nicaragüense de Escritoras este año. Una parte de la reseña dice “Por eso, y por su intrínseco valor, considero un acierto la ejecución y aparición de este librito saludable, donde se dan cita la imaginación, el humor y la ironía, afirmándose la mujeridad, o las situaciones que deprimen y enaltecen a la mujer” ¿Librito? ¿Afirmación de la mujeridad? ¿Situaciones que deprimen y enaltecen a la mujer? Si la antología hubiese estado compuesta por obras de autores ¿será que Arellano hubiese escrito “afirmándose la masculinidad, o las situaciones que deprimen y enaltecen al hombre”?

Según Helena Ramos –hablando en el programa radial cuerpos sin-vergüenzas -, los géneros literarios donde más incursionan las mujeres en Nicaragua son la dramaturgia, los ensayos académicos, la narrativa y poesía. “no nos toman en serio como creadoras, no lo reconocen”  también afirma que “ahora hay más posibilidad de encontrar un linaje literario femenino”. Acá podríamos señalar que finalmente este año, en la cuarta edición del Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve, el primer lugar fue alcanzado por una mujer, la panameña Berly Denisse Núñez.

A más de algún colega le he escuchado decir “no tiene nada que ver que seas hombre o seas mujer, lo que importa es como escribis” y es una afirmación con la que me encantaría estar de acuerdo sino fuese por la existencia de condiciones sociales y culturales disimiles para unos y para otras.

Puede ser que ya no vivamos en el siglo XIX pero las ideas, los prejuicios y los valores sociales persisten y cada vez que decimos que todo está bien, que ya alcanzamos la equidad, estamos negando esa realidad.

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Por Alberto Sánchez Argüello

Managua 2016

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