Se buscan referentes

5:45 am

Conocí a una mujer, caliente como el sol, así como esta ciudad…” cantan los Digan Whisky en mi despertador. Medio dormida escuché a mi roommate estornudar en su cuarto y de repente pienso que es mi mamá y que yo tengo 10 años… 3 segundos de viaje en el tiempo, 21 años atrás.

A veces H duerme conmigo y amanecemos abrazaditos. De repente somos él y yo, en la cama, en Managua, en el mundo. El y yo creciendo sin arraigo y sin referentes en una ciudad inhóspita y caliente.

Debe ser difícil tener 9 años y pocos referentes, de todo.  Sobre todo si tu mamá se ha empeñado en reinventar la familia, la propiedad privada, el amor y hasta a ella misma… al menos desde el lado de la mamá, es complicado… o a lo mejor es pura proyección de la mamá 😛

Yo crecí en una familia bastante “funcional”, lo que sea que eso signifique. Mi papá y mi mamá siguen más o menos juntos después de 37 años, no sé cómo ni por qué, pero en fin… mi papá salía a trabajar y mi mamá trabajaba desde la casa. Un sueldo de albañil, una venta de tortillas y una pulpería nos permitieron “salir adelante” económicamente al menos. Mi casa siempre fue la misma, en el mismo barrio allá en un cerro en Matagalpa, siempre fui a la misma escuela y mis amistades fueron más o menos las mismas durante mi infancia.

A veces me pongo a pensar lo que hubiera sido de mí en una familia diferente, si hubiera visto a mi papá cada 15 días, si no tuviera hermanos y mi mamá hubiera escogido ser mamá soltera… Sí, la búsqueda de referentes pasa por muchos hubiera.

Esta búsqueda constante de referentes es un ir y venir de la casa de mi mamá a la mía, esa casa que es más que un espacio físico, esa casa es toda una manera de ver la vida, esa casa/crianza, esa casa/mujer, esa casa/familia, casa/amor.

¿Cuántas veces en medio de mis crisis, económicas y existenciales no me he preguntado si a lo mejor no sería más fácil irme a vivir donde mi mamá? Ella que siempre me reclama que H no la va a querer porque la ve muy poco. La familia ampliada presenta algunas facilidades para mamás solteras con hijos únicos. No pagar renta, dejar de preocuparme por quién cuida de H si quiero salir, son solo algunos ejemplos. Pero también están los fantasmas de los que huyo, también está esa manera tan tradicional de ser mujeres y de ser hombres tan arraigada en mi familia, cada quien con su cada cual… esa forma tan nefasta de vivir el amor, está la tele encendida todo el día, el chismerío del barrio… y es entonces cuando me siento orgullosa de no tener arraigo, no ESE arraigo. Orgullosa de buscar y crearme/crearnos nuevos referentes de todo cada día, pero sobre todo de ser mi propio referente.

A pesar de lo sinuoso del camino, la falta de referentes también tiene montones de ventajas y satisfacciones. Crear relaciones a la medida, inventarme nuevas formas de relacionarme con mi familia, con mi mamá, con H y con las demás personas. Saber que si este modelo me aprieta es porque no es para mí, entonces me hago otro que me quede mejor y como sigo creciendo estoy segura que dentro de poco este no me va a quedar y tendré que coserme uno nuevo y así…

También estoy muy consciente de que no puedo ser para H el único modelo en su vida, que hay roles que no me toca asumir, que no soy padre y madre. Eso acarrea la gran responsabilidad de presentarle modelos que se acerquen -al menos- a lo que podría ser un hombre diferente y es ahí es dónde siento que se me acaban los recursos y la creatividad. Ser la mamá feminista de un niño, en una sociedad como la nuestra no es tarea fácil. Elegir la soltería como estilo de vida en un mundo donde una vale más si tiene un marido al lado, tampoco… ¡Ahí ando buscando hombres que puedan servir de referente masculino! Y no, no me refiero nada más a hombres con quienes me acuesto, en este punto estoy muy clara de quiénes de mis amigos y familiares definitivamente no quiero cerca de mi hijo y quiénes si pueden aportar a la construcción de su masculinidad.

dreaming boy

Dicho todo esto y cuando escucho a H, su manera de ver la vida, los grandes churros filosóficos que se arma, la música que le gusta, su curiosidad por el universo, su ritmo pausado, su gusto y paciencia para ver los icacos, su voracidad lectora, su preocupación por el medio ambiente, no puedo más que reafirmar mi orgullo por este chavalito y por mí misma, of course 😉

 

Cuestión de límites

Este es un post difícil por muchas razones.

Llevo meses dándole vueltas a este asunto, sin saber cómo abordarlo, ahorita mismo frente a la pantalla con un documento en blanco, no estoy segura si lo haré bien.

En la sociedad patriarcal en la que vivimos, ser socializada como mujer ha implicado que mis límites hayan sido quebrados de manera sistemática desde niña. Cuando alguien intenta abusar sexualmente de una o lo hace, rompe la capacidad natural que tenemos de poner límites.  Desde que a mi cuerpo le empezaron a crecer las chichas y las nalgas y empecé a parecer una mujer, tuve que aprender a lidiar con el acoso callejero y posteriormente aprender a defenderme. Hoy en día me siento más segura caminando en la calle y no es que la calle haya cambiado, esa seguridad es mía, sé que puedo defenderme y eso me ha hecho tener una actitud distinta ante el acoso y ante la vida. No soy más una víctima.

¿Pero cuando el acoso viene de otra mujer? ¿Qué hago? ¿Cómo me defiendo?

Recientemente me he encontrado en situaciones en las que de repente otra chavala decide meter su lengua en mi boca. Así, sin más. Sin mediar palabra ni coqueteos, ni nada. A ver, sin mojigaterías, yo creo que las mujeres que nos gustan las mujeres y que salimos con mujeres no tenemos por qué ocultarnos; el acto de besar a otra en público siempre me ha parecido visualmente hermoso y políticamente transgresor. Siempre y cuando esa otra quiera y permita que yo la bese. De lo contrario, es un abuso de mi parte.

La respuesta: poner límites.

Al postear mi inquietud en la red social azul, encontré desde quienes justifican estos actos con un “es que sos irresistible” o “seguro está enamorada de vos”.  Pasando por quienes aprovechan este tipo de denuncias y destilan misoginia con cometarios como “son machitas sin pene” y “¿por qué no te las vas a bajar?” (Defenderme/golpearlas). Hasta una fuerte tendencia a relativizar la violencia: como que “es peor entre mujeres” y “las mujeres acosan más que los hombres”.

Altísimas dosis de misoginia contenida en los comentarios a mi  post. Yo sigo insistiendo que decir que las mujeres acosan más que los hombres es una falacia cargada de lesbofobia.

Tampoco creo que haya un acoso “mejor” o “peor”. Todo acoso es violento y pasa por no respetar límites.

Mi inquietud pasó por diferentes estados. Siendo sincera, las primeras veces me dio risa y las justifiqué. “Andaba borracha”, “debe sentirse muy transgresora al hacerlo”, etc. Luego me di cuenta de que tengo que ser más clara al establecer mis límites. Y después me enojé conmigo misma por no saber hacerlo, por bajar las defensas ante otra chavala. Una vez más me echo la culpa, minimizo el acto y le quito responsabilidad a la otra persona.

Finalmente, de esta experiencia me quedan varios aprendizajes:

La violencia entre mujeres existe.

No es peor ni mejor que la que ejerce un hombre. Es violencia y como tal debe de nombrarse.

No se trata de comparar. La violencia machista arranca vidas de mujeres todos los días, tiene otras dimensiones y otras consecuencias.

Poner límites y dejarlos claros. Si me siento incomoda ante alguien, si me siento invadida, no hay lugar para subjetividades. No sigue siendo no, aunque seas mujer, me gusten las mujeres y encuentre belleza y transgresión en los besos lésbicos.

Y si mis límites te molestan, como dice un amigo muy querido, es porque simplemente estás en zonas donde no debes estar.

 

Llenarse de contradicciones

Hay días en los querés  mandarlo todo a la mierda…. Hay días en los que querés llorar y hasta las lágrimas conspiran en tu contra.

Hay días en los que no sabes qué  hacer ante la frustración, que por más que busqués no le ves el lado amable.

Hay días en los que levantarse implica un esfuerzo casi sobre humano (o inhumano).

Pero el chavalo está ahí… y tiene que desayunar e irse a la escuela, mínimamente. Y vos… vos “necesitas” ser productiva, hacer algo… no quedarte en la cama haciendo nada. Tenés que trabajar, tener ánimos para hacer tareas por la tarde y al menos  parecer amable -al menos-.  Hacer la cena, la ducha, la cama, un cuento, una canción… y actuar como una persona decente.

Y no es que no querrás… vos querés. Vos querés querer.  Y el chatel lo sabe…  y hace su mejor esfuerzo, para que estés bien, para que no perdás la paciencia. Y de nuevo querés llorar. Y de nuevo los ojos secos.

También tenés  que trabajar, funcionar en sociedad, ocupar tu espacio dentro de este sistema y ganar dinero. El dinero. Pequeño detalle. Te preocupa el dinero… el que no tenés, por supuesto, el que no te ajusta, el que debés. También te preocupa el tiempo, el que no tenés, el que perdés, el que no estás.  El tiempo que perdés escribiendo sobre tiempo y dinero, cuando deberías de estar trabajando para ganarlo.

También es bueno salir, beberse unas bichas, comerse un brownie. Ver a las amigas. Tener una cita. Y ni para eso hay demasiadas ganas, o tiempo, o dinero o ninguna de las anteriores.

¿Verdad que no soy la única que se cansa?

¿Que no soy la única que quiere mandarlo todo a la mierda?

¿Que reconocerlo no me hace mejor ni peor persona?

Y si, ya sé lo que mucha gente piensa… que para qué te metiste a eso, que vos sabés que esto así es, que cuando sos mama no tenés tiempo para vos… y me vale. Así me siento. Y punto.  También se vale llenarse de contradicciones. También sé que va a pasar. Que tengo una red fuerte a la que recurrir en caso de crisis existencial… como ahora.

De tablets, niñxs y patos

Estoy en un taller con madres y padres de familia. De repente la discusión en plenaria se vuelve hacia la tecnología, la negativa rotunda de algunxs a que los niños la usen, el control, la seguridad, etc.

“¡el chiquito ya me pidió una Tablet! ¿Para qué querés una Tablet? Le dije… Si vos sólo sos jugar!” “Al grande tal vez se la compraría para que estudie…”

Todxs le dan la razón.

En privado y después del taller mis compañeras me preguntan:

“¿Y vos, dejarías que tu hijo tenga una Tablet?”

Ya la tiene.

De hecho, creo no le haría ningún favor apartándolo de la tecnología.

Sería muy contradictorio (o muy hipócrita) de mi parte prohibirle su uso. Negarle el acceso. No creo que lo mejor sea que pase todo el día frente a una pantalla, pero no satanizo su uso.

Yo misma paso horas frente a la computadora trabajando, leyendo, viendo pelis, chateando o simplemente procrastinando. Muchas de las cosas cotidianas que nos ocurren hoy en día pasan a través de la pantalla. Las amistades, la familia, el cine, la música, las recetas de cocina, las tareas, los juegos, el ocio.

H. tiene una Tablet. Juega Mine Craft y tiene un pingüino morado vestido como BBoy en Club Pengüin. Descarga juegos, aplicaciones, googlea palabras desconocidas. Con google maps ha aprendido a ubicarse geográficamente y esto le permite ver el mundo en perspectiva, lo que nos ha llevado a pláticas hermosas sobre la inmensidad, la diversidad, las culturas, la distancia y los viajes… ¡los viajes! ¡El deseo de viajar!

Tenemos pautas y negociaciones al respecto, por supuesto que las tenemos. Mientras haya luz de sol, una pelota y amigos en la cuadra la tablet está siempre en segundo plano. Mientras haya libros, juegos de mesa, un tablero de ajedrez o un mancala el tiempo dentro de la casa puede ser agradable y divertido. Si puede jugar con su gata, Talking Tom, el gato parlante puede esperar… y así…

Tanto en la calle, en la escuela, en la casa y en el ciber espacio es necesario aprender de límites, los propios y los ajenos. Aprender a defenderse. No hablar con extraños, no aceptar regalos ni invitaciones de cualquiera, tratar a lxs demás con respeto, buscar ayuda si siente que alguien está cruzando esos límites. No subir fotos, no usar avatars con su rostro. Y cosas por el estilo. Creo que es responsabilidad de lxs adultos estar pendientes de las cosas que hacen on line, de la misma manera que los cuidamos off line.

Yo a los 8 años no tenía ni la mitad del conocimiento y la cultura general que él tiene. El mundo para mí era una gran cosa abstracta, mi idea de la tierra se parecía más a uno de esos mapas antiguos de los cronistas de Indias. Tecnológicamente hablando, el dispositivo más inteligente al que tuve acceso debido a nuestra economía y a la época, por supuesto, fue una pistola para matar patos de Nintendo. Pasaba horas matando patos. Ok, no me hice mas inteligente, pero tampoco me volví tonta. Soy un ser humano bastante funcional (o al menos eso creo yo) a pesar de haber matado tantos patitos pixeleados.

Y ahora que lo pienso, tener una mama gamer debe de ser bien fiera.

índice

¿Y ustedes tienen alguna restricción sobre niñxs y el uso de la tecnología ? ¿Saben qué sitios visitan sus hijxs, sobrinxs, etc.? ¿Tienen alguna medida de seguridad?

Para mayor información, les recomiendo visitar la página de la TecnoBruja en esta misma plataforma.

Barra Libre

Mujer libre => ¡Puta!

Amor libre => ¡Sodoma y Gomorra!

Niñx libre => ¡Malcriadx!

Software libre => ¿Que’jeso?

Cultura libre => ¡Mi obra es mía! ¡My Precious!

Pensamiento libre => ¡Locura!

BARRA Libre => ¡Ronda de tequila para mis amigxs!

 

Para muchxs el adjetivo LIBRE, sólo tiene sentido si lo antecede el sustantivo BARRA.

 

Fábrica de recuerdos

Hace un año vivimos en Managua. Hace 5 que dejamos Matagalpa.

Acostumbro regresar y no deja de gustarme, tan igual y tan distinta, tan joven y tan vieja en cada visita.

Conozco muy bien estas calles. Algunas las podría recorrer con los ojos cerrados –literalmente.

Salgo de casa de mi mama.

Bajo la cuesta.

Giro a la izquierda.

El cause… La casa del abusador.

Sigo bajando por el cause… donde un desconocido me tocó la entrepierna un día que venía del Instituto.

Derecha.

Izquierda.

Bajo al Hotel Bermudez, donde una pandilla de chavalos me “buleaba” por mi voz.

Cruzo.

Había un chavalo que me gustaba y vivía cerca del Copelia. Ya no. Recuerdo que pasamos alguna tarde juntos. Sonrío.

Llego al parque Darío… La bicicleta a los 10… Amores a los 18… Amaneceres en la banca hablando con algúnx amigx.

La calle central, los bares, las rancheras, las cuestas, los cerros.

Camino, recuerdo, sonrío… (me) reconozco. Y así…

Pienso en H y me pregunto qué lugares va a recordar con nostalgia de aquí a algunos años. Qué lugares va a odiar. A dónde va a querer regresar y a dónde no. Qué lugar escogerá para vivir.

Un día alguien me dijo que los padres y madres somos los responsables de crear buenos recuerdos en lxs pequeñxs. No se. No creo. Al menos yo no hago responsables a mis padres de las cosas que me han pasado o de mis recuerdos.

Una trata, pero el mundo está ahí… por ahora y en el día a día es la única respuesta que tengo ante esto… hablar claro. Lxs niñxs también tienen derecho a saber qué cosas no están bien en este mundo. Trato de que H conozca mi historia, lo bueno y lo malo. Creo que ese es mi aporte para que esas cosas que no van bien, o que al menos conmigo no estuvieron bien, con él vayan mejor y que las malas historias no se repitan.

¿Radical yo?

5021

Crecí en una pulpería. Cuando me portaba mal, mi mama me castigaba sin caramelos una semana o dos, dependiendo de la gravedad del asunto. He consumido azúcar casi todos los días de mi vida.

Mi primer trago de ron me lo dio mi papa a los 14 años. En “El Lobito” con sus amigotas. Aunque fue diferente con mis amigas, ellas empezaron a beber a escondidas, como símbolo de rebeldía adolescente. Mis amigos bebían a ver quién aguataba más. Inequívoca muestra de hombría.

Hace algunos años estaba decidida a acabar con el guaro de los Pellas, botella a botella. Una estrategia un tanto contraproducente, tengo que decir.

El ron y el azúcar han estado en los eventos mas placenteros y gratificantes de mi vida, siempre han estado relacionados a la alegría, las amistades y el placer.

Primero el azúcar, después el ron, las relaciones tóxicas… luego vinieron las drogas, unas suaves, otras no tanto. La búsqueda del placer parece no acabar.

Soy una adicta. Y me atrevo a ir mas alla y afirmar que estoy rodeada de gente adicta.

Tanto para mi, como para muchas de mis amistades, el consumo de alcohol ha estado relacionado con placer, rebeldía, hombría, estilo de vida, orgullo, nacionalismo. Se nos infla en pecho cuando vemos un anuncio de Ron Flor de Caña en un canal extranjero o cuando vemos en cuánto se vende éste en licorerías de otros países. Ese orgullo nos lleva a defender este ron cual si fuera una receta de nuestra abuelita.

Ayer pregunté en las redes sociales: “¿en serio suena demasiado fundamentalista-extremista la sugerencia de dejar de consumir guaro Pellas?”

Una pregunta descabellada para muchos y muchas. Las respuesta iban desde “yo paso”, “me da escalofríos solo pensarlo”, “salud!”, “Habana Club?” hasta “es una utopía”, “ya me dieron ganas de un trago”.

“The master tools will never dismantle the master’s house”.

Quizá, mi decisión de dejar de consumir ron no haga que la situación cambie para los trabajadores del ingenio. Pero seguir consumiéndolo tampoco, deslegitimar las acciones de los demás tampoco. No se logran cambios sociales con la mente entumecida por el alcohol.

Hace  un año no consumo ron, ningún ron. Y los Pellas siguen igual o mas millonarios que cuando lo dejé. También dejé de usar drogas y el narco sigue matando.

Entonces ¿qué logro con este boicot personal?

Conocerme, cuestionarme, indignarme.  Mi cuerpo, mis relaciones y mi presupuesto disfrutan de un gran bienestar. Disfruto mis domingos sin resaca y sin depresión. Y siento que esa caminata por la vida que lideran ex cañeros enfermos de IRC y sus familias, también es mía.

Obviamente, es mucho mas cómodo no cuestionarme y escribir hashtags desde mi teléfono inteligente.

Diganme radical e intolerante, pero no concibo ver a  activistas defensores de derechos humanos y animales defender con ahínco una marca de ron. Una marca que -además de no ser responsables con sus trabajadores- promueve el machismo y la crueldad animal.  “Regalale a tu papá una de 18 años” reza un empaque. ¿quién patrocina fiestas hípicas, corridas de toros y peleas de gallo?

Por esto y por una infinidad de razones mas, “yo paso”.

 

Listas tontas

“10 Habitos de mujeres altamente exitosas”.

“Las 9 cosas más molestas que te dicen cuando estás soltera”.

“15 razones para bajar de peso”.

“25 lugares qué visitar antes de morir”.

“85 citas románticas para revivir la llama del amor”.

“145 maneras de reducir al stress”…

Sí. Lo confieso:  a veces leo las tontas listas que publican en esos  sitios de “cosas que inspiran, cosas que intrigan” etc.  Me llaman la atención en especial las que tienen que ver con la vida de las mujeres “modernas” -supongo que habremos otras “no tan modernas”, “old fashion” u “obsoletas”-, a la gente le encantan las etiquetas.

Listas firmadas por “Fulanita de tal, Madre, Esposa y Bloggera” (¡!) Con lindas fotos vintage de ella con su familia, mamás estrellas de Instagram y Pinterest. Admirables mujeres multi tasking, que armonizan perfectamente maternidad, trabajo, amigas, esposo, etc.

La verdad, siempre dudo de que realmente sean mujeres quienes las escriben.

Yo las leo, desde la cama, en pijama y con una pila de trastes sucios en la cocina. Mientras pospongo (otra vez) MI LISTA  de cosas por hacer.

Pues, entre lista y lista, entre tonta y tonta, hoy una listilla me llama la atención. Titula: “10 cosas que tu mamá nunca te dijo”

Y -como me suele pasar- al segundo ítem ya todo el blog me parece una mierda.

Me parece una mierda, por sabor dulzón de la moralina con que suelen estar escritos. Por la idealización de la maternidad que sostienen. Porque nos pintan Maternidades Pinterest, Maternidades Instagram… Maternidades muy lejanas, inmaculadas, ascépticas, esterilizadas, obsesivas-compulsivas.

Porque detrás de todas esas fotos bonitas y esas palabras meticulosamente numeradas en una lista, siempre leo una gran necesidad de culpar a alguien. A mí, a mi mamá o a mis hijxs.

Siempre el dedo señala:

“Le dabas pataditas en las costillas; le ensanchaste el estómago durante nueve meses; hiciste que se contrajera de un dolor agonizante cuando llegaste al mundo.”

Quería ese último trozo de tarta. Pero al ver que tú lo mirabas con esos grandes ojos y que te pasabas la lengua por la boquita, no pudo comérselo. Sabía que le haría más feliz en tu boca que en la suya.”

En este punto, ya boté la gorra…

¿Qué se supone que debo de hacer? ¿Disculparme con mi mama por el queque que no se comió? ¿Comerme yo el ultimo pedazo de pastel para que mi hijo no sienta culpa cuando sea grande?

¡Que-ga-nas decomplicarselavida!

Yo lloro delante de H. y le cuento por qué. Y aunque no le cuente, él se da cuenta que algo no está bien y me pregunta.

Si siento que me hace daño, se lo digo de frente y viendolo a los ojos. Nunca lo vuelve a hacer.

A menos que esté enfermo, nunca me levanto a media noche  para verlo dormir (¡un poquito de por favor!), duermo como ostra, hasta que suena la alarma en la mañana.

Y  me gusta comerme el último pedazo de queque. Buajaja…

 

 

Aristóteles, my dear

NO te subás.

NO toqués.

NO corrás.

NO grités.

NO llorés.

NO hagás ruido.

No, no, no y no…

La palabra NO, resulta irresistible cuando tenés un chavalito (o más) a tu cuidado, más si andan brincando y correteando por la casa, como si fueran libres.

Educamos desde la autoridad y esta autoridad subestima las capacidades de las criaturas.

Desde el momento en que en lugar de darles una explicación interponemos un NO, estamos limitando sus capacidades y bloqueando su desenvolvimiento natural. Mientras más pronto las madres, padres, educadores y educadoras cambiemos de actitud, más pronto lxs niñxs aprenderán a moverse de forma autónoma en su medio y a hacerse responsable de las circunstancias.

El gran Aristóteles decía que “Para hacer grandes cosas, es preciso ser tan superior a sus semejantes como lo es el hombre a la mujer, el padre a los hijos, el señor a los esclavos”

Aristóteles, my dear: Esta criatura no es mi inferior ni mi subordinada. Esta criatura es mi semejante y socialmente mi igual. (Sobre las mujeres y los esclavos te responderé en otro momento).

El ejercicio adulto de mandar a lxs niñxs es tan antiguo como el mismo patriarcado. De hecho en sociedades menos marcadas por el patriarcado capitalista y colonialista -algunas tribus de Africa y America del Sur, por ejemplo-  se puede ver que la infancia es más libre, y goza de un mayor reconocimiento y confianza en cuanto a su inteligencia y capacidades.

Cuando le decimos a unx niñx que NO, sin mediar palabras, sólo reforzamos una supuesta y muy conveniente superioridad. Muy fácilmente nos volvemos opresores.

Atrevamonos a romper el molde, a perder el miedo y soltar el mando. Creo que podemos vivir un maternidad/paternidad mas horizontal, mas placentera, mas divertida, mas creativa.

¡Ni oprimida ni opresora!