Diarios de viaje: Catalina agarra viaje

Por Simone

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Catalina agarró la mochila más grande que tenía, guardó cuatro mudadas, dos trajes de baño por si salía viaje al mar en el camino y todos sus ahorros, que no era mucho pero se trataba de su tesoro. Aprovechó la luz que ocurre entre la madrugada y el amanecer, y en los claroscuros se fugó. Se detuvo unos segundos a observar la puerta de esa casa que la había albergado desde que tenía memoria, hizo un dibujo en la tierra de la entrada con una rama pequeña que se encontraba puesta justo al lado de su pie derecho. Dibujó una hoja. Amaba las hojas de los árboles, sobre todo aquellas que caen, esas para ella eran las más bellas y especiales.

Se acomodó la mochila, se ató el cordón del zapato derecho. Tomó un sorbo de avena que se había preparado para el camino, y empezó a caminar. Cada cierto tiempo sacaba el dedo pulgar para alivianar su camino, pero lo hacía más por adentrarse a la experiencia de la sorpresa, ver quién le daba ride y cuáles eran las posibilidades con esa persona. Fuera quien fuera. Al final, por eso se había ido de esa casa, le aburría demasiado ser la misma todo el tiempo. Irse para ser una diferente cada día. Una buena razón para fugarme, pensó; mientras se subía al carro gris que se había detenido en la carretera.

Que  me vaya bien, dijo para sí misma.

Memorias y cotidianidad de la Mujer Maravilla

Por Simone

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Cuando era niña, la Mujer Maravilla le tenía miedo al agua; así que su mamá se dio a la tarea de ayudarla a la vencer ese miedo. La inscribió a clases de natación, por un año estuvo yendo a clases todos los sábados, cuatro veces a la semana.

La pequeña mujer maravilla sufría de ataques de pánico, y cuando le indicaban que saltara a la piscina decía mirando fijamente a su madre: “No puedo hacerlo, no puedo nadar, me voy a ahogar”. Tanto su mamá como el entrenador le decían que no dijera eso, que si podía. Entonces la niña les decía gritando cada vez más fuerte- No puedo, no puedo, no puedo nadar bien- le repetían que no podía decir eso, que no lo dijera más y que no tuviera miedo, que ella podía. Era una lucha de todos los sábados, una lucha de nunca acabar que desgastaba particularmente a la madre y a la hija.

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Cuando la Mujer Maravilla medita a las cinco y media de la mañana visualiza esa piscina, y se ve a sí misma nadando sin preocupaciones ni ansiedades. Medita tres veces a la semana en el piso de su cuarto, el cuarto más fresco de la casa por ser el mejor diseñado y ventilado; y también porque no recibe directamente el sol durante el día. Medita para digerir el estrés de vivir en un mundo tan balurde.

Luego se baña y mientras lo hace siente el chorro de agua recorrerla; cierra los ojos y se reconcilia con la sensación del agua cubriéndola; una sensación que hace 15 años no soportaba.

Luego desayuna, y para esto se preparar un licuado diferente cada día, lo va inventando según sus gustos y necesidades. Una vez alimentada, dedica 30 minutos a lavar sus calzones y brassieres del traje de Mujer Maravilla, esperando que estén secos antes de las cuatro de la tarde.

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La Mujer Maravilla luego de haber ordenado su mundo regresa a su cuarto. Busca la caja dónde guarda sus tesoros más preciados. Toda una colección de vibradores que empezó hace unos cinco años. Elige el vibrador de siete velocidades color negro. Mientras recorre las siete velocidades de ida y regreso de Sean- nombre que le asignó a este tesoro- cierra sus ojos y se imagina en el agua llena de placer y relajación; mientras disfruta cada una de las embestidas autogestionadas en su habitación.

Canción de la mujer maravilla

Silvia baila en la oscuridad

Por Simone

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Silvia disfruta bailar en la oscuridad. Lo hace cuando todas duermen y en silencio. No necesita reproducir ninguna música porque su propio ritmo la va guiando y le provoca moverse sin parar.

Por las noches Silvia detiene los relojes de la casa. No soporta el tic tac acusador, ansioso y estresante. Lo detiene porque puede, porque quiere. Lo silencia, y en ese acto de poder y autoridad ella se libera y es feliz. Detener el tiempo requiere autoconocimiento. Aprender a identificar que ocurre en el cuerpo cuando la espada del tiempo no amenaza tu cabeza. Silvia sabía eso, y disfrutaba saberse en medio del tiempo, pero silenciando la medida, esa maldita medida que carcomía la felicidad de mucha gente que ella conocía. Una medida que ella odiaba y repelía.

Silvia baila desnuda, lo hace porque quiere, lo hace porque sí. Y en ese baile se despoja de sus rabias, no silenciándolas como hace con los relojes, sino que transformándolas en hechizos que la protegerán a ella y a la tierra de los males de este mundo. Los cuales son muchos, los cuales asustan solo de intentar nombrarlos.

La mayor parte del tiempo baila sola, respira profundamente y se mete en ella misma. Se navega, se explora y encuentra infinidades de laberintos que luego de sus bailes se convierten en poderosas espirales que se muestran, y que dibujan surcos que permanecen en su corteza.

La oscuridad la acompaña en estos viajes y lo hace condensando la energía que sus movimientos provocan. Hilando las partículas que sus transiciones evocan en el aire, en el espacio, en ese cuarto que se convierte en todo un universo.

Cuando Silvia baila lo hace para ella misma, pero también lo hace para poder dialogar con el cosmos. Y en esos segundos su cuerpo se desintegra, viaja por diversas temporalidades, se conecta con otras energías y se reinventa. Asume diversos colores, mezclas de luces que explotan a lo largo del tiempo y el espacio. Su cuerpo no vuelve a ser el mismo luego de sus bailes.

Casi está amaneciendo cuando Silvia respira profundamente, estira su cuerpo y se prepara para ir a dormir. Su descanso es diferente al del resto, mientras la casa duerme, ella vuela, moviendo sus brazos, pies, piernas, caderas, y labios. Porque así bien quedito mientra baila, Silvia entona una canción que dulcemente la enraiza con todas las energías:

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Viajo en espirales

hacia otro amanecer

las grietas ya se abren

aquí vuelo otra vez.

Las estrellas me alumbran

ahora empiezo a descender

y mi piel se desdibuja

para poder renacer.

Y aquí me voy

desenredando cada espacio

y aquí me voy

abrazándome los pasos.

Y aquí me voy

dibujandome universos

y aquí estoy

hilvanando  este momento.

Aquí el link del audio para escuchar la canción que canta Silvia mientras baila en la oscuridad:

La niña hoja

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(Frydendahl)

Por Simone

Esta es la historia de una niña hoja.

Hubo un tiempo, cuando la niña hoja formaba parte de la piel de un gran árbol. El gran árbol era el lugar al que pertenecía.

Se trataba de un gran árbol, que a su vez era parte, de un bosque más amplio.

Mientras habitaba en sus ramas, la niña hoja bebía de la savia del gran tronco.

A la niña hoja le llamaba la atención que el gran árbol tuviera varias ramas cortadas, y algunas hojas secas que no se decidían a caer de las ramas.

La niña hoja, por un buen tiempo, tuvo miedo de caer,

de soltarse,

de perderse en el vacío del viento y del espacio.

Pero entonces, poco a poco la savia la empezó a afectar.

Se enfermaba mucho del estómago, padecía de fiebre y cada cierto tiempo vomitaba.

Se le hinchaban los ojos, de líquidos acumulados y luego derramados.

El cuerpo le dolía todito, y sus fuerzas flaqueban.

Durante esta época en la que siempre estaba enferma, empezó a sentir ganas de escapar del gran árbol.

Entonces el gran árbol se empezó a sacudir, lo que generaba un poco de ansiedad en las hojas que lo habitaban.

La niña hoja ya no podía respirar, así que cuando vio una posibilidad, se escapó.

Pero no fue algo fácil.

Le llevó meses poder escapar. Jalaba poco a poco y una a una, su vértebras y sus articulaciones.

Arrancaba poco a poco las líneas que la conectaban con el gran árbol. En el proceso, perdió fragmentos de su propio ser, de su propia identidad.

Resulta que una tarde, de cielo rojo y nubes preciosas que se asomaban, un viento fuertísimo abrazó y sacudió al gran árbol.

Las otras hojas se aferraron con todas sus fuerzas, para no ser arrastradas por la fuerza del torbellino.

La niña hoja no lo hizo.

Ella se soltó de todo lo que pudo, y concentró toda su energía para poder soltarse de la rama.

Sintió el jalón y se dejó arrastrar. Y con el miedo recorriendo su piel, abrió poco a poco los ojos. El viento la sujetaba ahora.

Volteó a ver, y se dio cuenta que divisaba el árbol, el gran árbol. Cada vez más lejos.

Y así, cada segundo, pesaba menos.

La niña hoja sintió el aventón de adrenalina. Lloró y rio al mismo tiempo. El viento mismo se encargó de secarle las lágrimas.

La niña hoja no tenía idea de hacia dónde se dirigía; guiada por el viento todo podía ocurrir.

Lo que si sabía, era que por fin estaba respirando bien. Por fin, estaba respirando de nuevo. Y sus pulmones, y su cuerpo se lo agradecían.

Había una vez una niña hoja que pertenecía a un gran árbol, y que para poder respirar y sobrevivir; le pidió al viento arrancarla de raíz y así poder volar.

Desde entonces, ella y el viento viajan por todos lados, descubriendo nuevos horizontes. Con risas y con lágrimas; pero sobretodo con libertad.

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(Demianova)

Diarios de rasgaduras Episodio 1

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(Masha Demianova)

por Simone

Hoy el día ha sido absurdo. No quería despertarme y lo hice. No deseaba levantarme y cuando vi me estaba bañando. De una forma mecánica, fría, sin caricias, ni intimidad; puro y llano ejercicio civilizatorio de limpiar el cuerpo para poder salir del hogar. Cumplí compromisos que tenía que cumplir, y aún me pregunto el porqué. Comí en lugares que detesto, teniendo conversaciones en silencio y muchas ganas de salir corriendo. Pensé que lo mejor que podía pasarme era desaparecer, escapar, aparecer en otro lugar. Sin raíces, a como funciono mejor. Sin afectos, a como aprendí a sobrevivir. Sin expectativas, a como debí haber seguido mi vida. Pero no pasó, nada de esto fantasioso pasó. Y es por eso que estoy encerrada en este baño mientras ellos tres golpean la puerta enllavada con sus nudillos de 40, 6 y 2 años. Lo único que hice fue aprovechar que jugaban a las cosquillas, y como no soporté sus risas, vine a la ducha y luego de enllavarme cometí el delito. Igual y creo que ya es muy tarde para mí.

Vengo llegando

Simone

Jo In Hyuk

(Jo In Hyuk)

Me acaban de violar. Recién acabo de tomar fuerzas para levantarme, empezar a caminar y llegar a mi casa. Venía de regreso de la universidad, pasé por el caminito de la parada de buses y ahí en el espacio oscuro que siempre me hace imaginar que las sombras toman forma, alguien me esperaba.

Era un tipo encapuchado, salió de las sombras y se plantó frente a mí. Me di cuenta que estábamos solos. Él y yo.  Y se me abalanzó. Me lanzó un puñetazo en la cara, que sentí como bomba en mi piel y mis huesos. Caí. Caí como mil veces me dije que no lo haría, caí y me agarré de la arena del camino.

Se me vino encima. Me dio otro puñetazo, que me terminó de marear, me quito visión y entumió mi rostro. Tenía ganas de vomitar. No sé si por miedo, asco o por el terror germinando en mi carne. Me arrastró hacia la oscuridad mientras mi pómulo derecho se inflamaba y quería abrirse para poder oxigenar el impacto.

Luché por concentrarme, trascender el dolor, recordando las clases de yoga, ir más allá del dolor. Más allá de lo que siento tan concretizado en el cuerpo. Subió apartando con prisa y violencia la falda, esa que casi no uso pero que me gusta tanto. Rompió luego de dos intentos mi ropa interior y mientras él se acomodaba, le vi los ojos, brillantes y a la vez desorbitados, penetrantes y huecos. Todo al mismo tiempo.

Y entonces, mientras me apretaba las chiches, apretujando y arrugando la camisa que andaba puesta, me empujo y presionó contra el suelo, lo que hacía que las piedras del camino se me enterraran en la espalda y en la cadera. Me dejo ir su aliento sobre el pecho, el cuello y la cara. Y me penetró, insertó su pene en mi cuerpo. Inhale.

Y entonces actué.

Agarré  una piedra que había tanteado en medio de la oscuridad, del tamaño de una grapefruit. Y entonces concentré todas las fuerzas que pude y se la dejé ir hacia su sien derecha. Se tambaleó, y mientras se balanceaba hacia la izquierda, su miembro salió de un solo tirón de mi cuerpo. Inmediatamente, saqué del bolsillo externo de mi bolso la pequeña cuchilla que siempre ando conmigo y se la enterré en la espalda. Y corrí. Corrí como nunca me imaginé que podía correr. Corrí.

Cuando estuve a una distancia prudente, soné mi silbato y varia gente de los alrededores se salió a asomar, les dije que un tipo me había agredido. Cuando ya volteé a ver, el tipo ya iba lejos corriendo.

Me compuse la ropa, aunque el calzón estaba rasgado, lo presione con la falda para que no se me cayera. Me di cuenta que las manos me temblaban. Sabiendo que yo también lo penetré con violencia, y que le dejé ensartada mi navaja.

*

Y aquí voy caminando hacia la casa. Llego, golpeo la puerta, me abren. Saludo con cansancio, digo algo del calor que hace y me voy al baño.

Me empiezo a duchar con la ropa puesta, luego poco a poco me la voy quitando. Las manos me siguen temblando. Siento que no son mías, que no me pertenecen. Luego de bañarme seco mi cuerpo, lo reviso pasito a pasito. Me visto y digo que voy a comprar algo a la pulpería de la esquina. Salgo a caminar y me voy al campo, a sentarme y dejar que el viento me abrace y me golpee el rostro y el cuerpo.

Me recuesto sobre la tierra sabiendo que mañana tendré que Ir a buscar el coctel para prevenir todo. Mientras, me dejo mecer por el mundo subterráneo y las raíces. En las que sé que puedo drenar la angustia y que me ayudarán a oxigenar mi carne. No pienso en nada más, aquí me quedo. Ya nada existe. Por ahora nada más importa.

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(Mirjam Appelhof)