HONDURAS, UN PUEBLO QUE DESPIERTA

Por Alicia Segovia.

Debo admitir que cuando crucé la frontera de Las Manos hacia Honduras, sentí temor y ansiedad por todo lo que se comenta de este país vecino. Con el transcurso de los meses me fui “adaptando” al contexto y conociendo Choloma, la ciudad donde vine a vivir por trabajo. Según las estadísticas de las autoridades de la Secretaría de Seguridad hasta junio en el municipio se registraron 130 muertes violentas, más del 50% que el año pasado, esta ciudad es conocida por ser el centro industrial del país, el 49% de su actividad económica corresponde a la industria manufactureras (maquila). Otra característica es que en el municipio se encuentran las dos pandillas más peligrosas de Centroamérica, la MS-13 y la Pandilla 18.

Recuerdo que al llegar a la ciudad estaba preocupada por las historias que escuché de “los mareros”, de hecho, la mayoría de las personas que conocí en Tegucigalpa temen venir y evitan pernoctar en los hoteles disponibles. Sin exagerar pensé encontrarlos apostados en las esquinas de la ciudad luciendo sus tatuajes característicos. Hasta el momento no he visto a ninguno de ellos, apenas si los puedo distinguir entre los niños y adolescentes que atendemos en las actividades, ya que algunos de ellos son “banderas” (informantes) de las pandillas. He sabido que los mareros han cambiado su apariencia, usan tatuajes en partes no visibles y se encuentran infiltrados en los diferentes estratos de la sociedad hondureña llámense políticos, policías, abogados, estudiantes.

Moviéndome al ritmo de la ciudad fui identificando los lugares peligrosos y los horarios de mayor riesgo. Dentro de las políticas de seguridad de mi institución me recomendaron no exponerme “más de la cuenta”, memorizar números de emergencia (honestamente no pude hacerlo), cambiar los nombres de los contactos, así fue como “mamá” cambió a “Alicia” y “amor” a “Ye”. Al venir, asumí el reto que conllevaba dejar ciertas libertades, la soledad, el cansancio, las distancias y las largas horas de viaje para viajar hasta mi casa. Estoy casi en el borde de la frontera con Guatemala, son 12 horas de viaje en carretera las que me separan de mi familia.

Estando aquí he vivido indirectamente dos procesos electorales. En noviembre del año pasado los partidos políticos realizaron elecciones internas, las cuales no representaron problemas para el país. Sin embargo, como la mayoría sabe, el 26 de noviembre de 2017, hubo elecciones nacionales (presidente, diputados, alcaldes). Para esa fecha yo estaba en Nicaragua, retorné a Honduras el día 28, un día después se generó el caos en el país, y al decir “caos” no me refiero a las protestas de un gran sector de la población manifestándose por la reelección inconstitucional del actual presidente Juan Orlando Hernández (“JOH”), el fraude electoral y la manipulación mediática.

El proceso electoral ha sido señalado por la mayoría de la población de poco transparente, siendo los jóvenes y las mujeres, en su mayoría, quienes están al frente de las protestas exigiendo un cambio de sistema ante los actos de corrupción, el aumento de la violencia en el país y el vínculo con el narcotráfico. Estos cuatro años han sido gobernados por el partido nacionalista (derecha). El domingo por la noche el candidato de la oposición superaba por 5 puntos a JOH con un 57% de las actas escrutadas, de repente el sistema presentó fallas, reanudándose hasta el martes (el día de mi regreso), “milagrosamente” JOH superaba a Salvador Nasrralla en el conteo. Esta situación encendió la ira de las y los hondureños, quienes salieron a las calles a manifestar su descontento y exigir transparencia en el proceso electoral, para el pueblo JOH perdió las elecciones y el TSE hizo fraude electoral.

Las protestas, en un principio pacíficas se tornaron violentas con la toma de carreteras, quema de casetas de peajes (en Honduras se paga peaje en las principales carreteras del país). La situación se agravó con el saqueo ocurrido en varios puntos del país. El jueves por la tarde inició la toma de carreteras. El viernes amanecimos sin servicio de transporte y el ambiente tenso. Por la mañana intenté abastecerme con comida, pero no pude llegar al centro de la ciudad, a las 10:00 am el saqueo estaba en su máxima expresión. Tiendas de electrodomésticos, de celulares, comidas rápidas, centros comerciales fueron saqueados y quemados. La opinión de algunos es que fue gente infiltrada quien provocó el caos para desviar la atención de las protestas pacíficas contra el gobierno. En el caso de algunas ciudades el saqueo estuvo a cargo de “los mareros” y hubo comerciantes que se armaron hasta los dientes para defender sus negocios. Desesperanzada y con mucho temor, regresé a casa y tuve que comprar lo básico en la pulpería de la esquina. Por la noche, después de saquear los establecimientos empezaron a meterse en las casas a robar sobre todo en San Pedro Sula. Las noticias me llegaban por Facebook y el grupo de whatsapp del trabajo. Esa noche no dormí, aterrorizada de que se fueran a meter a la casa donde alquilo. Estaba sola y sin mucho para defenderme ¿qué podría hacer?

Al día siguiente, el gobierno suspendió algunas garantías constitucionales, entre ellas la libre circulación. El toque de queda se estableció de 6 pm a 6 am. Pero ¿qué creen?, la población no estuvo dispuesta a acatar en un 100% esta disposición. Convocaron a manifestar su descontento con el “cacerolazo”. El viernes a las 10:00 pm escuché en toda la colonia sonar cacerolas y reventar cohetes de colores. Admito que el corazón me palpitó fuerte y la piel se me puso chinita, pero no, no podía unirme a la protesta, lo mínimo que hice fue salir al porche de la casa y tímidamente sonar el candado de la reja (imposible no unirse a la protesta). Esta situación continuó dos noches más, era una fiesta, un carnaval en la colonia. Lo curioso fue que la policía apareció solo la primera noche, tres disparos y mandó por una media hora a todos a sus casas. Unos días después un grupo de agentes del Comando de Operaciones Especiales (cobras) se declararon de brazos caídos “no seguiremos reprimiendo al pueblo”. Algunos agentes de la Policía también se unieron, la tercera noche las cacerolas sonaron frente a la posta policial (estación de policía) las personas también les llevaron café y comida a los agentes.

Pasé cuatro días encerrada. Al quinto me vi obligada a salir para buscar comida, lo logré, encontré un supermercado al cual no pudieron saquear. Me abastecí con lo poco que quedaba, los estantes estaban quedando vacíos, había largas colas en los bancos y farmacias, la tensión continuaba, unos a otros nos mirábamos con desconfianza y a la vez con un poco de lástima y empatía.

A mitad de esta semana retomamos a medio gas las labores en la oficina, siempre pendiente de lo que ocurria en las calles. El TSE aún no declara oficialmente al ganador. Honduras se debate entre las opiniones de los observadores internacionales, la prensa que en su mayor parte está comprada por el gobierno y el juicio del propio pueblo. En esta semana Estados Unidos aprobó fondos de cooperación bilateral a Honduras y, JOH lo aprovechó para desmentir actos de corrupción. La oposición no reconoce los datos del TSE y el pueblo permanece en las calles (aún hay bloqueo de carreteras), algunos saqueadores fueron identificados y apresados, otros andarán buscando cómo vender los artículos o esconderlos.

Yo, sigo sin ir al Espresso Americano porque también saquearon esta cafetería. Espero regresar con mi familia para las fiestas de navidad y fin de año. Honduras lo llevo en el corazón, es un país maravilloso, lo deduzco de lo poco que pude conocer de sus lugares y la calidez de las personas que me rodearon. Espero que algún día tanta violencia se termine por el bien de la niñez, las mujeres y los jóvenes que están luchando por la equidad y la justicia social.

Finalizo mencionando que el día 07 de diciembre el partido nacional convocó a una marcha “unidos por la paz” en Tegucigalpa. Según las malas lenguas a cada marchista se le entregó 150 lempiras si iba vestido de blanco. A trabajadores de programas e instituciones del estado los obligaron a asistir amenazándolos con perder sus trabajos si no lo hacían. Allá en Nicaragua ¿les suena conocida la estrategia?