Querida Tiffany

Por Leila Vargas 

Primero te confieso que aunque no te conozco en persona, tu nombre significa mucho para mí. Leí sobre vos el viernes 10 de marzo, justo durante una semana en la que se mezclaban en mi mente los casos de la joven quemada en una hoguera en el Caribe y la embarazada víctima de violación múltiple en Chinandega. Justo durante la semana en que conmemoramos el Día Internacional de la Mujer. Justo durante una semana en que sentía que no había esperanza, ni motivos para seguir creyendo que en este país algo bueno nos pueda pasar a las mujeres. Justo el viernes de esa semana leí tu nombre: Tiffany Mercado González, primera transgénero en graduarse en Nicaragua. Y sonreí. Y quise con todo mi corazón escribirte estas palabras.

imagen canal 2

Los nombres representan mucho en nuestra vida. No definen quiénes somos, pero sí cómo nos ven los demás. Por eso no puedo ni imaginar lo que pasaba por tu mente cada vez que te llamaban Jordy Mauricio, lo incómoda y mal que debías sentirte porque vos no eras él, porque tu nombre no era ese. Cuántos meses y años debiste haber pasado deseando ser llamada por tu nombre: Tiffany. Cuántas burlas, señalamientos y obstáculos debiste enfrentar para lograrlo. Cuánta felicidad y plenitud debiste sentir cuando eso por fin ocurrió, cuando el nombre Tiffany Mercado González resonó por todo el salón donde se celebraba tu promoción de la Universidad.

 

En tu nombre, Tiffany, nos llaman a muchos. A todos los que no hemos tenido el valor o no hemos vencido por completo el miedo para decidirnos a luchar por nuestra identidad. A todos los que hemos agachado la cabeza o apartado la mirada ante el juicio, la ignorancia o la violencia de los demás. Y no lo digo solo por los hombres y mujeres transgénero, si no también por tantos homosexuales y tantas lesbianas que nos hemos encerrado en un clóset, nos hemos amontonado en una doble vida y nos hemos negado la oportunidad de salir el mundo como lo que somos: homosexuales y lesbianas con el sagrado derecho a tener un nombre propio.

En tu entrevista con Canal 2 mencionás un nombre: Rosa Teodolinda Ortiz, tu mamá. Dijiste que ella es tu fuerza, tu todo y que por ella estás donde estás y eso me conmovió mucho porque esa viejita linda también es un símbolo en esta historia. Doña Rosa representa a esos seres que nos aman tanto que saben ver en nosotros a la persona que somos, que nos brindan su hombro para llorar, su brazo para sostenernos y su compañía en cada momento de prueba, pero también en los de celebración. Y puedo asegurarte, Tiffany, que tu mamá está feliz de tenerte como hija, que se siente orgullosa de que seás una guerrera y sobre todo, te aseguro que ella sabe que vas a seguir triunfando en tu camino personal y profesional porque ya alcanzaste la mayor de las victorias, una que no muchos han ganado: la victoria de ser quienes somos.

 

¡Salud Tiffany, toda mi admiración para vos!

 

Un abrazo con cariño,

Leila Vargas.

 

Links:

http://radionicaragua.com.ni/news/view/34810/primera-transgenero-en-graduarse-en-nicaragua

http://canal2tv.com/2017/03/10/universidad-reconoce-identidad-graduado-transgenero/

EL SEXO Y YO

Escrito por: Leila Vargas

Imaginen esta escena: es de noche y hay dos muchachitas, una de quince y otra de catorce años, encerradas en un cuarto cuya puerta está enllavada. Están acostadas en la cama, hablando muy bajito y muy cerca. De pronto empiezan a tocarse el pelo, las mejillas y lentamente las manos de ambas suben y bajan por las pijamas decoradas con motivos infantiles. Luego se besan, no en la boca, pero sí en la cara, en el cuello. Sus respiraciones aceleran, se acarician la piel bajo las camisas, una se coloca encima de la otra y… ¡Zas! La de quince frena en seco, se sienta en la cama y dice “no, no, no podemos”.

He ahí mi primera experiencia ¿sexual? Por si queda duda, yo era la de quince. Y sí, estaba aterrorizada, en pánico total y eso pudo más que el deseo y el calor del momento… ¿Qué iba a pasar? Había personas adultas durmiendo en otros cuartos de la casa, ¿y si nos escuchaban? Y lo que más me preocupaba: ¿iba a hacer “eso” antes de dar mi primer beso?

Recuerdo que de niña algunas de las frases que más me decían en mi casa eran “no te sentés con las piernas abiertas”, “no te toqués ahí” y “no dejés que nadie, NADIE te toque ahí”. La primera no la entendí nunca, la segunda me hizo crecer pensando que tocarse “ahí” era malo (no soy practicante de la masturbación a pesar de estar clara de su larga lista de beneficios) y la tercera era para prevenirme sobre el abuso, pero más bien me generó un miedo excesivo al contacto físico.

Después el colegio tampoco ayudó mucho. Como era religioso, nos hablaban del aparato reproductor femenino y masculino, el embarazo, las infecciones de transmisión sexual y lo dañino e inmoral de la promiscuidad. Fin. Quien quisiera saber más, que lo buscara donde pudiera, le preguntara a quien pudiera o lo experimentara como pudiera. A eso sumemos que yo estaba en una etapa de descubrimiento, incertidumbre y primeras sensaciones sentimentales/físicas por alguien. Fue justo en ese tiempo cuando ocurrió mi “coitus interruptus”.

Tuve mi primera relación sexual a los 18 años con mi primera novia que era tan virginal y temerosa como yo. De ese día deduje tres cosas muy tristes: la primera, que quizá siempre iba a tener que buscar moteles u hoteles para poder coger con alguien, la segunda, que quizá siempre iba a tener el tiempo medido para poder hacerlo y la tercera, que quizá nunca iba a tener la tranquilidad y la relajación suficiente como para poder centrarme en disfrutar y hacer disfrutar a la otra persona. En resumidas cuentas: soy muy mala amante.

Imaginen esta otra escena: es pleno día y dos jóvenes con apariencia de universitarias entran caminando a un autohotel de un barrio medio recóndito de Managua. Ingresan a la recepción y, ante la mirada incrédula de la recepcionista, una de ellas pide un cuarto, le indican cuál es y las dos se dirigen a la habitación de donde salen tres horas después de la misma manera que entraron: a pie, cargando sus mochilas, e intentando disimular lo incómodo de la situación.

He ahí el desarrollo de mis siguientes experiencias sexuales. En el mejor de los casos, podemos cambiar el impersonal autohotel por un hotel pequeño y bonito en una ciudad del Pacífico del país donde en contadas ocasiones me quedé a dormir con mi novia (que ahora es exnovia, ya la he mencionado), pero la mayoría de las veces no había muchas opciones y tampoco muchas ocasiones… Literalmente teníamos que pagar para tener sexo y sin trabajo no había dinero y luego con trabajo no había tiempo. Exacto, a mí también me da pesar mi vida sexual. Mi pobre vida sexual.

Y bueno, además de todo eso, debo decir que para mí las relaciones sexuales están íntimamente relacionadas con los sentimientos. Jamás he tenido, ni planeo tener una interacción de ese tipo con alguien con quien no tenga una relación más allá de la amistad. Estoy en contra del sexo casual y rompo de un tajo con eso de que “todos los gays son promiscuos” porque no lo soy y sigo creyendo que hay muchos y muchas más como yo. No puedo ver a otra persona como un ser que simplemente da y recibe placer, sin tener una conexión más profunda con ella… Pueden llamarme anticuada, aburrida y sí, seguro que lo soy, pero es lo que pienso. Abro el debate.

Una última escena: hay dos chavalas que pasan de los 20 años sentadas a la mesa en un sitio público. Pongamos que el foodcourt de un centro comercial o una cafetería o un restaurante cualquiera. Una de ellas habla sin parar y la otra solo la mira. Mira sus ojos, sus labios, su pecho, sus manos, sus dedos perfectos. Y sonríe. Sonríe deseando estar con ella en otro lado. Solas. Sonríe pensando en un cuarto sin espejos. Sin miedo. Y sin límite de tiempo.

“FRIENDZONE” Y AMOR EN EL ARMARIO

Escrito por: Leila Vargas

Mi vida sentimental se basa en una estadística muy sencilla: de cada diez mujeres que me gustan, siete no van a saberlo nunca, una va a tener sospechas y solo dos se van a enterar porque yo misma se los voy a decir… Y no necesariamente me van a corresponder. De las primeras siete, cuatro van a ser mis amigas del alma y a las otras tres no voy a hablarles jamás, quizá ni lleguen a darse cuenta de que existo.

Dicho lo anterior, mi hábitat natural es un mundo extraño entre la “friendzone” y los amores platónicos. Y no me quejo. Ser amiga de alguien que me gusta significa que puedo mostrarle mis buenas intenciones a través de mi amistad sincera y desinteresada (aunque de vez en cuando le coquetee… Medio en broma, medio en serio). Y tener a alguien como amor platónico es una inspiración, un motivo para sonreír por algo aunque sea muy lejano.

Pero bueno, pareciera que soy una lesbiana reprimida incapaz de tener una relación y no es así. Hace un año y dos meses terminé con mi novia con quien estuve dos años. Ha sido lo más que he durado con alguien y lo encuentro admirable porque a ella le tocó asumir algo muy difícil: que nuestra relación estaba condenada a no ser “normal”. Nada de visitas a mi casa para que mi familia no sospechara. Nada de demostraciones públicas de afecto. Nada de salidas nocturnas. Un pequeño calvario que solo el amor pudo hacer llevadero.

A mi ex la sigo queriendo mucho. Hay un mito que dice que las lesbianas nunca superamos de forma total a nuestras exparejas y me pregunto si eso de verdad es un mito porque (independientemente de si estamos en el clóset o no) nuestras relaciones son muy completas: uno se gana una mejor amiga, una cómplice, una compañera, una amante que llega a conocer nuestro cuerpo tan bien como el suyo, alguien con quien se logra una intimidad tal que los períodos menstruales se sincronizan y cuando todo termina… ¿Qué hace uno sin su mejor amiga? ¿Cómo se “des-sincronizan” dos cuerpos y dos almas?

Sin embargo, ahora analizo más mi interacción con alguien cuando me atrae: o es prácticamente nula o es demasiado obvia. No he sido una persona de muchos noviazgos (de hecho solo he tenido dos), ni de relaciones fugaces así que quizá por eso me cuesta encontrar un punto medio y de ahí se deriva que cuando me quedo bloqueada en uno de los dos extremos (enmudecer o no parar de hablar), mi salida sea alejarme porque me sigue dando temor no ser correspondida y prefiero “calmar mis pasiones” y continuar mi vida o (en caso de que ya tenga sentimientos hacia ella) aceptar el rol de amiga de la mejor manera pues,¿qué mayor muestra de amor que la amistad?.

Algunas de esas pocas personas que me conocen bien y con quienes hablo sin filtro me tachan de enamoradiza, de que fácilmente caigo rendida ante la inteligencia, el espíritu, la personalidad o incluso la belleza de una mujer. Yo me río cuando me lo dicen y lo niego con toda firmeza, pero si lo pienso bien, a lo mejor tienen razón porque me siento muy identificada con esta frase que leí en un libro que me prestó una de esas amigas del alma que mencioné al inicio: “al final, mi militancia real son las mujeres”.

SOY UNA ISLA

por Leila Vargas

Soy una isla. Sentirme “diferente” desde niña me llevó a un proceso paulatino de aislamiento, primero interno y luego externo. Lo interno fue el silencio, aprender a ocultar mis emociones más profundas, a no expresar mis intereses sentimentales, a no “delatarme” delante de nadie. Y luego lo externo: ser sociable, pero sin involucrarme porque la gente es “la mayor amenaza” para mi secreto.

Durante la secundaria este exilio voluntario fue un calvario para mí. A medida que empezaba a tomar conciencia de que soy lesbiana, mi temor a interactuar con las personas iba en aumento. Pensaba que mis compañeras podían “notar” que no era “una de ellas” y a la vez no me juntaba con los varones porque no me sentía cómoda con ellos. Además, había burlas y murmuraciones que yo quería callar a toda costa y la única manera era encerrarme todavía más en el clóset. En ese momento mi refugio fueron los libros, escribir, llorar antes de dormirme y ver (a escondidas) South of Nowhere, ¿alguien más vio esa serie? La pasaban en MTV, era sobre Spencer y Ashley, dos compañeras de highschool que se hacían amigas y luego novias… Bueno, lo normal, solo que con todo el drama de la familia de una y las dudas de la otra, en fin.

Todo esto me lleva a preguntarme cómo logré salir viva de la secundaria… Y cómo fue que también pude salir entera de la Universidad. Porque si la secundaria fue un calvario, la universidad fue un purgatorio. Yo tenía mucho miedo de dejar el colegio porque significaba dejar mi “zona de confort”, a la gente que conocía de toda la vida (estudié en el mismo colegio primaria y secundaria), dejar mi ciudad para estudiar en Managua y enfrentarme a toda clase de gente. Ese era mi mayor temor. Saber que iba a encontrar personas como yo. Y vaya que las encontré, las conocí, me conocí más yo misma, me relacioné, me enamoré… Pero ni eso logró sacarme del armario. En realidad, todo siguió igual o peor.

Terminé la universidad deseando “proteger” mi futura vida laboral. No quería ser mal vista en mi trabajo por ser gay. Quería que si alguien iba a hablar sobre mí, lo hiciera por mi desempeño profesional y no por mi sexualidad. Y así, seguí aislándome. Siendo amigable, pero esquiva. Conversadora, pero autocensurada. Son ridículos mis intentos por ocultarme. Me da risa cuando recuerdo las veces que le he dicho a alguien que tengo novio o cuando he hablado de “mi novio” por miedo a decir “mi novia” o esas pláticas entre mujeres en las que hablan de hombres y yo no participo, no por mojigata, si no porque de verdad no tengo experiencia… No es lo mío.

Y sin embargo, sigo siendo una isla. Sigo limitando mi número de amistades, mi “entrar en confianza” con alguien, mi capacidad de relajarme durante una conversación, de dejar el hermetismo y el “misterio” a un lado. Por eso, le huyo a los grupos, incluso entre compañeros de trabajos o mis amigos de infancia, yo me entiendo sola y en mi soledad soy libre. ¿Aunque saben? A veces pienso en eso que dice Jon Bon Jovi en Santa Fe: “They say that no man is an island”… Esa es la razón por la que escribo aquí, porque quizá en el fondo me gustaría construir a mi alrededor un archipiélago multicolor.

¿Por qué estoy en el clóset?

Escrito por: Leila Vargas

La primera pregunta que me hacen las personas que saben que soy lesbiana es casi siempre la misma: “¿Y por qué no salís del clóset?”. Vale decir que generalmente lo hacen con una mezcla de desconcierto, pesar, curiosidad y hasta molestia porque en este tiempo lo raro no es que alguien sea gay, si no que sea gay y trate (sin mucho éxito porque al final es casi imposible) de mantenerlo “en secreto”.

Pues bien, mi respuesta es muy sencilla: por mi familia. Porque mostrarles mi verdadero yo a mis padres sería un golpe mortal para ellos y, ya sea por mi propia cobardía o por el amor que les tengo, quiero evitarles el gran dolor de saber que su muchachita nunca se va a casar con ningún príncipe azul porque en realidad le gustan las princesas. Y ojo, no creo en príncipes ni en princesas, pero confieso que sonrío cuando veo esa expresión en las lesbo-páginas de Facebook.

Sin embargo, también hay otras razones por las cuales muchos nos mantenemos en el armario: la religión, el trabajo y la sociedad. Todos esos ámbitos que ignora la gente que nos cuestiona por no asumirnos públicamente.

Entonces vamos con el primer punto: quienes fuimos criados con la religión por delante, ya sea católica o evangélica, crecimos con tabúes, miedos y percepciones erróneas acerca de la sexualidad, mucho más cuando empezamos a ser conscientes de nuestra propia realidad. Ahí ya nos sentimos sucios, pecadores, rechazados por Dios, condenados al infierno y señalados por el sacerdote o el pastor. Es horrible, yo que desde niña estuve muy involucrada en la iglesia les puedo decir que sentirse juzgada por el cielo es mucho peor que cualquier juicio terrenal, pensás que ya no hay salvación ni vida eterna para vos y que en cuanto te llegue la muerte vas a empezar a arder en el fuego eterno. Sí, muy dramático y absurdo todo y es peor con cada año que pasás cargando esa cruz.

Lo siguiente: el trabajo. Aquí debo reconocer que, sobre todo en Managua, hay empresas respetuosas y una que otra hasta se proclama gay friendly y durante junio pone su logo multicolor en redes sociales, pero sigue habiendo ignorancia y discriminación en el mundo laboral donde homosexuales, lesbianas y bisexuales son la burla de los demás, los destinatarios de bromas pesadas, de comentarios sarcásticos y de críticas que puede que empiecen o terminen con “el cochón ese”, “la marimacha”, “la loca”. Entonces, ¿de qué sirve mostrar el “Pride” o el “LoveWins” en Facebook y en Twitter si internamente se sigue viendo feo o hablando a las espaldas del que es diferente? Coherencia, por favor.

Por último, pero no menos importante:la sociedad. ¿Es necesario explicar esta parte? En este país la comunidad LGBT es pisoteada y ridiculizada día tras día. En Nicaragua ser gay es visto como ser un circo ambulante, una persona inferior, enferma, mala. O ser uno más de “los cuatro gatos” que salen a celebrar el día del Orgullo Gay o que acompañan a las feministas en sus manifestaciones. Gente sin voz ni voto porque vamos “contra natura”, contra las “leyes de Dios”, contra los valores.

Por eso a veces quisiera que las personas me entendieran cuando explico porque no me muestro como soy y no es que defienda mi clóset, pero me gustaría invitarlos a pasar y que lo conozcan por dentro. Hoy empezamos, solo les pido que dejen la puerta entreabierta porque, aunque suene irónico, soy claustrofóbica.