La Chica de Walmart

¿Quién es capaz de decir que los jóvenes no tenemos sueños? Quizás sólo la más pretenciosa alma que ya descansa en el habitad adultezca, vencido por lo construido, por lo hecho y dicho, quizás solo esa persona se atreve a decir que el resto no soñamos solo porque aún no tenemos.

A veces pienso que los sueños son como los estantes de los supermercados, uno los ve ahí, quiere tomarlos, pretende poder acceder, poseer pero tienen costos muy altos y peor, le pertenecen a un otro que ni siquiera sabe de nuestra efímera existencia. Una industria que fabrica y nos vende sueños. Caminando por ese pasillo fantasmal, me hago la misma pregunta ¿Con que sueña la chica de Wal-Mart?

Tiene una jornada de 12 horas, permanece de pie, calculando pesos, memorizando códigos que nunca inventó y sobre el que tampoco encuentra sentido de ser, barras que indican una fecha, un costo o una existencia. La chica de Wal-Mart, sabe de bodega, de almacenaje, de alzas y bajas, de granja, de flores, la chica de Wal-Mart me conoce y creo conoce a todo el pueblo. Es un rostro que encierra el de toda una generación, sus ojos negros definidos pasan desapercibidos, incluso si mil veces le hemos preguntado ¿Dónde está el stand de papel higiénico scott?, un stand que creo cambia de lugar como cambia la temporada de exposición de los sueños, sueños que nos vende Wal-Mart, pero la chica de Wal-Mart, me recuerda que el papel está en el mismo lugar y me regala una sonrisa condescendiente como queriendo recordarme que la mierda siempre sale del mismo lugar.

Diario la veo ingresar, 8:30am suele ser el inicio de su turno, le sonríe a sus compañeros, al de seguridad. Ella viste igual todos los días ¡qué suerte! Jeans y delantal verde, así una nunca la confunde con otra, una sabe que ella siempre esta vestida para ser reconocida. El verde ya no guarda esperanza, ese color está reservado para quienes tienen tiempo, ella en cambio no. La veo salir a las 10pm. Una jornada, una vida completa.

A veces imagino que Wal-Mart es un zoológico y ella nos alimenta, se ríe de nuestra domesticación, nos extiende la mano cual dócil bestia nos hemos convertido. Yo le agradezco por tener un rostro como el mío.

El día de navidad, al inicio de la fila estaba ella, le toco ser la cajera, estaba más seria que de costumbre, negaba bolsas a los clientes,  estaba sudada, sus pestañas guardaban humedad, sus labios apenas se miraban, tenía un sujetador en el cabello que tensionaba su cabellera larga y crespa, pasaba productos por el identificador de precios, marcaba bip-bip-bip, y me sentía torturada por su incansable bip-bip-bip. Mi turno, me sonríe, me quedó viendo como quien me recuerda que la navidad es solo para algunos. Ella debía seguir trabajando, ella debía llegar a su casa a las 10 de la noche a ponerse aquel vestido rosa ajustado, aquellos zapatos que le costaron la mitad de su quincena para luego, junto a su familia, tomarse un selfie y jurar en Facebook que con la navidad y año nuevo vendrán nuevas oportunidades, al menos una, una sola fuera de Wal-Mart.

Acerca de María José Díaz Reyes

Nací rebelde. Vivo en proceso de (de) construcción. Nací cerca del mar pero lejos de la luz. La poesía es el reencuentro entre todas mis yo. Las Yo negadas, las ocultas y las yo que se construyen. Feminista y Trabajadora Social.
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