Las princesas también saben ser estúpidas

Todas y todos tenemos una Princesa en la cabeza, una construida e instalada en nuestra men2b2e4202c67cb56b371141131c302b15te antes de que naciéramos, una Princesa en cuya existencia colocamos la fe por el mundo. Una Princesa es el resumen del mundo ideal al que aspiramos: limpio, con grandes campos frutales, bosques y en donde la maldad por inercia siempre es vencida. Un mundo que de muchas maneras se contrapone a la realidad de guerra, intolerancia, violencia y hambruna.

Como una vez dijo Simone, para despertar a una princesa dormida alguien tuvo primero que dormirla, alguien tuvo que ponerla como una presa,  -digo yo- para que alguien rescate a la princesa, un alguien primero tuvo que hacerla frágil y para “fragilizarla” alguien debió quitarle su fuerza y dejarla solo en un arquetipo en nuestras mentes.

Pero la Princesa de nuestra mente sigue ahí, de repente se nos sale cuando aspiramos a que nuestra hija o sobrina aprenda ballet, se ponga el tutú y sonría graciosamente. Pero la Princesa sigue ahí cuando aspiramos que en talla seamos S o M, y cuando pensamos que el maquillaje, la ropa y el perfume podrían colaborar ante los ojos de los demás a sentirnos bellas, como Princesas.

La Princesa en nuestra mente no pretende morir, lejos está de morir con nosotras, cuando ya somos la Suegra y ya el mundo no le importamos, la Princesa también nos deshabita y se instala en los cuerpos de aquellas y aquellos que ya están naciendo. Pero nosotras ya viejas o viejos seguimos viviendo bajo la nostalgia de aquella princesa que emulamos alguna vez.

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La vivimos con añoranza moza, la reinventamos, la buscamos obsesionadamente en el viejo espejo. El tutú ya no nos queda, el maquillaje se nos corre y el tacón ha deformado muchas de nuestras ideas.

Pero la Princesa de nuestra mente sigue ahí, la cortejamos porque sabemos que en ella se deposita la esperanza del mundo, porque sabemos que es ella el puente entre lo natural y lo mundano, es la Princesa la que nos asegurara que nuestro apellido siga existiendo, es la Princesa la que nos asegurara la comida calientita, la colcha, el refresco de limón de aquellos limones que hemos cortado de aquel bosque que han sembrado.

Pero la princesa en nuestra casa tiene fecha de caducidad, su ilusión se rompe cuando el himen se corta, porque en la 1409234107_085098_1409241778_noticia_normalmente de ellos la Princesa es perfecta y su perfección está en la putrefacta perfección corporal. La existencia de la Princesa dura muy poco cuando descubre que no puede clavar un clavo, cuando no entiende de mecánica, de fútbol, de ingeniería básica,  la Princesa en su mente muere y es enterrada, surge entre los gusanos aquella mujer incapaz de cambiar una llanta pero domesticada para sonreír, que no logra sacar su propia voz (aunque le hagan creer que sí) pero entrenada para parir a la humanidad completa, una humanidad que siendo suya por haberla parido, le es negada por haber dejado el himen en el camino.

 

Pues sí, la Princesa vive en nuestra mente, cargada de dulzura y bombas, no lleva bajo el tutú calzón alguno, la sonrisa que nos da es irónica, se burla porque sabe que para sobrevivir tiene que poner cara de estúpida, y parecer estúpida en un mundo Patriarcal es también un arte aprendido.

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Acerca de María José Díaz Reyes

Nací rebelde. Vivo en proceso de (de) construcción. Nací cerca del mar pero lejos de la luz. La poesía es el reencuentro entre todas mis yo. Las Yo negadas, las ocultas y las yo que se construyen. Feminista y Trabajadora Social.
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